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Concurso Jo-jazz: Paso a los nuevos talentos
20November
Artículo

Concurso Jo-jazz: Paso a los nuevos talentos

Por Joaquín Borges-Triana

Parece que fue ayer, pero han transcurrido diecinueve años desde aquel día de noviembre de 1998 cuando Alexis Vázquez me invitó a participar como jurado de un concurso que él había ideado y estaba organizando en el club La Zorra y el Cuervo. El evento tendría por nombre Jo-jazz y en él participarían jóvenes instrumentistas interesados en cultivar el primer gran lenguaje sonoro del pasado siglo xx.

Para la materialización de la idea, fue de suma importancia el apoyo de Roberto Chorens, por entonces director del Centro Nacional de Música de Concierto, Redento Morejón y Tony Henríquez, director y subdirector de Carishow, compañía a la que pertenecía La Zorra y el Cuervo, así como la intervención de Amílkar Vázquez y Karelia Bécquer, quienes participaron en la producción del certamen.

Recuerdo que en el jurado estábamos César López, Orlando Valle (Maraca), Alfred Thompson, Oscarito Valdés Jr. (ya desaparecido) y Jorge Luis Valdés (Chicoy). El saxofonista César López y yo nos discutíamos cariñosamente el poder sentarnos en la mesa donde se ubicaban mi querido profesor Frank Emilio —presidente de aquel primer tribunal evaluador de la competencia— y su esposa Marta, pues, como ellos no bebían, uno podía disfrutar mucho más de la botella de whisky que se repartía cada cuatro personas como auspicio del encuentro de jóvenes jazzistas.

De entonces a acá ha transcurrido el tiempo y en el 2017 se celebra la vigésima edición de un festival que ha marcado en gran medida el rumbo de la práctica del jazz entre nosotros y es responsable de que una de las manifestaciones musicales que entre los cubanos residentes en la Isla o pertenecientes a la diáspora goce hoy de mejor estado de salud sea justo el género por excelencia para la improvisación.

En los nuevos talentos locales —descubiertos en la mayoría de los casos gracias a las emisiones del Jo-jazz—, por encima de las lógicas diferencias estilísticas, se aprecian elementos comunes. Así, a la hora de rastrear el referente de influencias en estos muchachos, resulta imposible buscar solo en lo nacional: hay que mirar hacia lo foráneo, como se verifica por ejemplo al analizar la proyección de los dos instrumentistas que resultaron ganadores de la primera emisión del Jo-jazz en 1998. De tal suerte, un guitarrista como Norberto Rodríguez ha bebido más de figuras como John Scotfield y Pat Metheny que de los cubanos Juanito Márquez y Carlos Emilio Morales, mientras que un trompetista como Yasek Manzano resulta heredero de Roy Hargrove y Winton Marsalis antes que de Luis Escalante y Leonardo Timor.

En una entrevista realizada al pianista Harold López-Nussa, publicada en La Jiribilla, la periodista Yinett Polanco le interroga a propósito de la existencia de diferencias entre lo hecho por la joven generación de jazzistas cubanos —salida a la palestra pública en su casi totalidad al influjo del Jo-jazz— y lo llevado a cabo por los maestros precedentes como Chucho Valdés, Bobby Carcassés o Ernán López-Nussa. El novel pero ya laureado músico respondió: «Felizmente creo que se está consolidando una vertiente de músicos jóvenes interesados por el jazz y por hacerlo seriamente. Estoy contento de formar parte de este momento debido a la interacción que esto provoca entre nosotros. El hecho de aprender unos de otros y evolucionar constantemente es genial. Hacer una música distinta a la que han hecho estos grandes jazzistas que mencionas y a su vez a otros grandes antes de ellos, es un reto enorme, pero de esto se trata precisamente: de encontrar la forma de expresarte con tu identidad propia. Mientras más generaciones existan, más difícil será encontrar un modo diferente, y este es el mayor encanto que tiene hacer música hoy día: definir tu estilo propio, que al mismo tiempo está nutrido por otros de tu generación y de las que te antecedieron».

Como afirma Fabián Alfonso, más allá de esa sana y creciente diversidad que apreciamos en los instrumentistas dados a conocer a partir del Jo-jazz, «Lo que no varía, ni parece que lo hará en mucho tiempo, es el sentido de la orientación de la raíz. Se le pueden añadir muchos formantes, se pueden asimilar innúmeras influencias, es posible ponerles tantos apellidos como se quiera a esas fusiones, pero la marca será siempre la afronorteamericana, en ese estado de libertad e improvisación que trascendió el gesto insumiso de una comunidad marginada. En Cuba, los jóvenes jazzistas tienen conciencia de ello y, por supuesto, de lo que significó el revolcón del jazz con los géneros y ritmos vernáculos y caribeños».

Una de las vivificantes consecuencias derivadas de las emisiones del Jo-jazz es lo llevado a cabo por la discográfica Producciones Colibrí, al abrir la colección denominada «El joven espíritu del jazz cubano», un ambicioso plan de edición de fonogramas con los ganadores del aludido concurso y que ya ha puesto en circulación varios CD protagonizados por figuras noveles de altísima calidad.

La fundadora de dicho proyecto, la musicóloga Gloria Ochoa, en una etapa directora del sello Colibrí, opina que estos músicos que han sido firmados para esa colección resultan «la expresión de una joven generación de creadores cuyos conceptos estéticos son diferentes a los de las generaciones precedentes. Son el reflejo de este entorno y de este momento. Musicalmente recrean sus vivencias con un alto rigor de conocimientos musicales. Cada uno en sí es muy diferente, tiene su propio estilo, su propio sonido; sus raíces son auténticas y hacen una decodificación de su información musical y de todo el conocimiento aprehendido en la escuela tan compleja y madura, que hacen de su obra algo serio, como para que quede registrada de todas las maneras posibles».

Es necesario recalcar la importancia de un concurso como el Jo-jazz, que ha sido una puerta abierta para que los más jóvenes instrumentistas cubanos interesados por el jazz puedan enseñarle al público y a otros colegas la manera particular que cada uno de ellos tiene de ver y asumir el hecho musical. En tal sentido, el clarinetista y saxofonista holguinero Ernesto Camilo Vega ha expresado una idea interesante: «El Jo-Jazz ha propiciado el encuentro entre los músicos, concretar proyectos más serios. Musicalmente es un evento que aporta, en lo personal, experiencia y solidez».

Lo asombroso en la eclosión de formidables jazzistas que ha vivido Cuba está dado por el hecho de que entre nosotros no existen academias donde se imparta dicha especialidad. El músico popular cubano carece de partituras impresas y de métodos acompañados de discos y videos para estudiar los géneros de su interés. Además, hay que pensar en las escasas oportunidades de presentación que tienen estos intérpretes, sobre todo fuera de La Habana —con excepción de Santiago de Cuba, donde está el Iris Club—, con lo cual carecen del entrenamiento que propicia poder tocar jazz el año completo.

El impresionante número de talentos surgidos de las distintas emisiones del Jo-jazz, prácticamente desconocidos por el público en nuestro país e ignorados por los medios de comunicación, corrobora que buena parte de nuestros genuinos creadores han sido y son subutilizados y que seguimos sin una adecuada y necesaria política de divulgación, promoción y jerarquización en materia de música. De ello se desprende lo imprescindible de implementar un sistema que rebase las expectativas cifradas en torno a un concurso como este y que abarque una red de espacios donde haya una programación estable los doce meses del año, no solo en La Habana, sino en distintos puntos de toda nuestra geografía. Resolver las incongruencias que aún perduran en la esfera musical en Cuba es el único modo de propiciar una atmósfera favorable para que, con la novel generación de virtuosos instrumentistas que en el presente despega, no se repita el proceso migratorio temporal o definitivo que tipificó al jazz cubano de los noventa.

Después de diecinueve años y veinte ediciones, el Jo-jazz representa una gran plataforma de lanzamiento para que numerosos jóvenes jazzistas cubanos sean descubiertos. Esos días de noviembre se convierten sin duda alguna en la fiesta del jazz para los nuevos talentos del género. Es de desear que el evento ideado por Alexis Vázquez en 1998 continúe creciendo y desarrollándose.