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CHOCO: desde la bondad, el arte
13October
Artículo

CHOCO: desde la bondad, el arte

Por: Omar González

A pesar del bullicio, medita. Siempre medita. Quienes lo juzgan a primera vista, se equivocan. Su vida es un viaje permanente a la semilla, y a su patria, ese planeta que llamamos Cuba, que es también la humanidad. Ahora viene en silencio por la calle Sol, en la reverberante Habana Vieja. Observa con atención el rostro, la figura y la sombra de los transeúntes, se detiene en los recodos de luz y se estremece ante las congojas y holguras del alma, del alma ajena y del alma propia. Lo registra todo. A su lado, una mujer pasa contoneándose y un vendedor ambulante la convierte en metáfora. Hay picardía en sus ojos, hay inocencia. Ya los retrató.

Mientras camina, pareciera que no toca el suelo; como si levitara, pero afincado en un firme de nubes. Mueve los brazos tímida y acompasadamente, con elegancia y a la vez con misterio, sin gestos obvios que delaten sus verdaderos sentimientos. Son los ademanes secretos que recorren su obra. Porque él es también un enigma, y lo que hace está marcado por la armonía contradictoria no solo de su vida, sino de todas las vidas posibles.

 

Choco

 

Mira siempre en lontananza, aunque tenga el horizonte al alcance de sus manos (vaya manera de ocultar la tristeza). Es alegre y tiene una risa abierta, pero su silencio semeja un abismo que no termina nunca. Piensa cada palabra que dirá, entre otras razones porque la vida lo enseñó a no equivocarse y porque cultiva la rara virtud de la decencia, de no ofender a quien se quiere, de no hablar mal de los amigos. Él es un caballero.

Nació en la más necesitada e irredenta periferia de Santiago de Cuba, una ciudad donde la historia es también el aire, la luz, el tempo con que fluyen las cosas, y la gente se da a querer de tal modo que no hay visitante capaz de negarse al regreso. Sin embargo, ama a La Habana hasta el punto de que, fuera de ella, no puede hacer arte, que es su vida. A fin de cuentas, se trata de un santiaguero irreductible y, al mismo tiempo, de un habanero agradecido, lo que en términos simbólicos e, incluso, deportivos, representaría un oxímoron inocultable. Como decir agua seca, hielo caliente, desierto verde, «esta alegre tristeza que todavía es vivir». Sí pero no.

Adora a su familia con una entrega y fidelidad ilimitadas, solo explicable en los códigos de su acendrada hidalguía. Tiene una esposa que sería capaz de gobernar al mundo con tal de que nadie lo importune. Sus hijos lo idolatran, al igual que lo han hecho los padres de él, sus hermanos y una legión de amigas y amigos que no cabría en el recinto de la mayor exposición de sus ingenios más recientes, sus espléndidas colagrafías, óleos y esculturas de temas y colores raigalmente cubanos, pero inobjetablemente universales.

Les hablo, por supuesto, de un hacedor vitalísimo, de un demiurgo que es fuente inago­table de energía y que responde al nombre de Eduardo Roca Salazar, pero a quien nadie en este mundo sería capaz de identificar por tales señas; en cambio, dígase Choco o Chocolate, evóquese la fuerza ancestral de su cultura, y se tendrá ante sí a uno de los más importantes artistas cubanos de todos los tiempos. Un maestro cuya humildad resalta su grandeza como ser humano y su indiscutible singularidad artística. Choco, entiéndase bien, es único y diría que irrepetible en la historia del arte cubano. Y no exagero: dígaseme otro que funde, sea y piense como él, y callaré para siempre.

 

Obra de arte- Choco

 

Si bien su estirpe proviene de una fusión de culturas patrimoniales, donde el resultado —aquello que Fernando Ortiz identificara como ajiaco— siempre niega y supera a las partes, al tiempo que privilegia una noción de lo cubano no precisamente carnavalesca ni esperpéntica, sino arraigada en la conjugación de lo propiamente conceptual, lo simbólico y lo genuinamente popular; si bien todo eso, o quizás por eso mismo, la práctica artística en Choco rebosa un diálogo que va más allá de lo que se deja ver, inapresable en el disoluto juego de las apariencias, o mejor —ahora cuando todo se vende— de los abalorios.

Sabido es su afán iconográfico ligado a la ritualidad yoruba y la inmanencia antropológica y figurativa que le es consustancial a su obra —el ser humano es su verdadera constante, todo gira en torno a él—; conocida es su relación con la tradición gráfica cubana, la que a su vez mucho debe al amplio registro europeo (España, Francia y Alemania), latinoamericano (Méxi­co y Argentina) y estadounidense, pero poco se ha dicho de los nexos que la obra de Chocolate, al adentrarse en la neofiguración, establece con artistas tan versátiles como Jean Dubuffet, Francis Bacon, Kooning o José Luis Cuevas y, aún menos, de su cercanía, deliberada o inconsciente, a la obra compartida de John Ross y Clare Camille Romano, cuyo derrotero estético afinca sus raíces en los tempranos hallazgos gipsográficos de Pierre Roche, en los metal prints de RolfNesh, autor de Hamburg Bridges (1932), emblemática siempre y tal vez la primera obra gráfica en la historia sustentada en recortar, adherir y ensamblar elementos metálicos sobre una superficie plana para después imprimirlos; hasta arribar a lo que parecería ser el parto definitivo del procedimiento colagráfico, con Michel Ponce de León, Boris Margo y sus adhesivos de celuloide, acetona y papel, y William Hayter y la aparición —ya en los años cincuenta del pasado siglo— de los pegamentos acrílicos, que agilizarían el proceso con los más diversos materiales, añadiendo consistencia a las planchas.

Así, hasta el hoy de esta novedosa técnica, la colagrafía, asumida por Choco y otros grabadores cubanos (Belkis Ayón, Raúl Alfaro y Miguel A. Lobaina e, incluso, mucho más jóvenes) como una expresión de resistencia ante las carencias económicas y materiales vividas en la Isla, principalmente durante los años noventa. Pero en Choco la colagrafía ha sido mucho más que un recurso coyuntural, ha devenido el procedimiento distintivo de toda su obra en las últimas casi tres décadas. Y se ha desenvuelto con tal soltura en sus rigores y meandros, que hoy alterna la creación artística en este proceder con la docencia eventual sobre el mismo tema en importantes instituciones de Europa, América Latina y, sobre todo —véase el sentido que toman las cosas de la vida y la vida de las cosas— en Estados Unidos, que sería, diciéndolo en buen cubano, como bailar en casa del trompo.

Con todos estos artistas, y más, dialoga formalmente la obra de Chocolate, y lo hace sin dejar de ser personal y auténtica. Se mueve con inusitada soltura entre la figuración informalista, la abstracción y un neoexpresionismo cómplice, querencioso, de la figura humana. Todo ello sin traumas ni rupturas extremas, diríase que candorosamente; de ahí la confusión que genera en algunos de sus estudiosos. Porque Choco extravía con su habilidad a quienes acostumbran lecturas fáciles, lineales, retóricas o caprichosas de la obra de arte. Los advenedizos poco pueden hacer si de revelárnoslo se trata.

 

Obra de arte- Choco

 

Hay, por supuesto, otros elementos característicos de la complejidad con que se estructura la cosmogonía de Choco. Algunos están a flor de piel, como los que resultan de su relación con lo cubano y la cubanidad; otros precisan de una indagación a fondo en los contextos de su formación y en sus referentes artísticos actuales. ¿Hasta qué punto sus obras representan variaciones de un mismo tema? ¿Por qué esa recurrencia a asuntos como el abrazo, el descanso o la danza y sus danzantes? La explicación estaría en el propio artista, en su capacidad de entregarse en cada obra, pero nunca al extremo de rasgarse las vestiduras.

Una de las revelaciones más divertidas de esos ingredientes definitorios del pensar y hacer de Choco se manifestó cuando obtuvo el Gran Premio en la IV Trienal Internacional de Grabado de Kochy, en Japón, en 1999, y tampoco fue fruto de la casualidad. La formación académica de nuestros estudiantes de arte —y Choco abundó en ella cuando cursó estudios de Licenciatura en Historia del Arte en la Universidad de La Habana— comportaba (ojalá que todavía) un vasto y hondo recorrido por las más depuradas técnicas, estilos y tecnologías del dibujo y la gráfica orientales. Profesores artistas como Servando Cabrera Moreno, Antonia Eiriz y Jorge Rigol, por solo mencionar tres de los más conocidos, se adentraban frecuentemente en la sencillez y elocuencia del trazo, la curva, la línea y la mancha del arte oriental, específicamente del japonés, tan diferente del chino y el indio. Mediante la observación permanente, esa eterna relación entre el ideograma y el pictograma ha enseñado al ojo humano de aquellas latitudes a simplificar lo real, procurando siempre la forma equilibrada, agradable, acompasada, de los objetos y hasta de los sentimientos. Todo en el arte oriental remite a un símbolo; todo en la obra de Chocolate comporta una cualidad no menos alegórica. Y fue esta capacidad de proponerse y lograr la síntesis la que determinó que el jurado de la Trienal de Kochyle concediera el Gran Premio, convirtiéndolo en el primer extranjero que lo ganaba en la historia del prestigioso evento.

Este es el Choco que he visto crecer y crecerse en el tiempo, y tal la parte del repertorio que decido mirar cuando lo visito en su estudio. Es el hermano entrañable que pudiera suscribir estos versos de nuestro común amigo Jesús Cos Causse, en el extraordinario poema que dedicara a Fidel: «Nací con las manos vacías y tan lejos de la fuente, que nunca tuve rostro en la infancia y siempre tuve sed».

Colmada la sed, Choco es el rostro en gratitud, y su obra, parte esencial de la fuente.
Allá los que no lo ven, los que, de tanto querer olvidarlo, nos lo recuerdan siempre. Son los ciegos de alma y los tuertos con ley. Yo me entiendo.

Chocolate es un premio para esta isla-planeta-humanidad, y ella lo agradece.