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El mundo grande de Silva
30October
Fiesta de la Cultura Iberoamericana

El mundo grande de Silva

No es punto cubano, pero tiene que ver con el aroma de nuestros campos, con los bueyes que se enyuntan temprano para partir la tierra en dos y crear ese surco que acogerá la semilla, con el machete que multiplicó funciones en el campo insurrecto y hoy corta la yerba parásita, con el clavo que afinca el madero al horcón afincado en tierra. De ahí que Pie forzado, la exposición que Luis Silva Silva inaugurara en la sala principal del Centro de Arte de Holguín —frente al parque Calixto García, el mismo que delimita construcciones tan emblemáticas como La Periquera y el teatro Eddy Suñol— como parte de la XXIV Fiesta de la Cultura Iberoamericana sea un canto a la huella campesina en la cultura cubana, esa que ha hecho que una entidad como la Unesco ponga miras en ella para proclamar al punto cubano como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Que no se engañe el lector: aquí no hay referencias al costumbrismo ramplón que asocia a los campesinos con el habla descuidada o el referente inculto. Aquí hay un estudio profundo del campo cubano y de las manos que lo trabajan, expuestos a través de piezas que aluden a cuanto usa el campesino para su faena y no cambia a pesar de la técnica y el progreso: Tierra cuajá, Oferta, Despalmao, Remolque, Vereda, Previsión, En sol mayor, Caballo, Rastrillo, Límites, Aparecido…

«El tema del campo porque veo hacia dónde va el campo —declara Silva en exclusiva para Arte por Excelencias—. Hay mucha emigración y pérdida de tradiciones. Viajar es bueno, es una forma de conocer que el mundo es más grande, pero eso trae que la gente pierda el sentimiento por su tierra. Cambia la vestimenta, y las costumbres del campo se van perdiendo también. Ya casi no se hacen los tejidos de yarey ni se fabrican los utensilios de antaño. De pequeño veía a mi abuelo fabricar muchas cosas que hoy día nadie se acuerda cómo se hacen, como aquellas bateas para la casa. Yo aprendí de él, agarraba sus instrumentos y me hacía juguetes: carretillas, carros, aviones de madera, que me permitieron adentrarme en muchas formas que me abrieron un camino».

Me cuenta Luis que en su conuco, el cruzar variedades de plantas, hacer injertos, le hizo tomar en cuenta, para sus primeras incursiones en la escultura, las formas que adopta la naturaleza cuando nace caprichosa en el (des)orden que produce la comunión tierra-agua. Y aunque su padre quería que estudiara para ingeniero agrónomo y llegó a matricular Riego y Drenaje, los ires y venires lo llevaron a trabajar en una ciénaga al sur de Güines, y allí encontró piedras que por la acción del agua se hacían factibles de trabajar a puro machete. Se las llevaba al albergue y las iba esculpiendo para lograr esas formas que soñó desde niño.

«El campo se está transformando, no siempre para bien. Las propias comunidades campesinas que se construyeron para unir a los guajiros en cooperativas nada tenían que ver con sus costumbres, sino que buscaban imitar la vida de la ciudad, una casa encima de la otra y todas iguales. La contaminación ha hecho lo suyo también; el surgimiento de cochiqueras inmensas sin control alguno afecta el manto freático. Antes nos podíamos bañar en los ríos y pescar en ellos, ahora ni lo uno ni lo otro. Por suerte desde niño me enseñaron que el mundo era grande, he aprendido cosas, y mis obras son el reflejo de todo lo que aprendí del campo y todo lo que le debo».

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