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Habaneros ilustres: Leonardo Acosta: ni arquitecto ni poeta, jazzista
01February
500 Aniversario

Habaneros ilustres: Leonardo Acosta: ni arquitecto ni poeta, jazzista

En la partida de bautismo reza que el niño José Leonardo Acosta Sánchez tuvo como ilustre padrino a José Zacarías Tallet; que a la ceremonia estaban invitados todos los miembros del Grupo Minorista y que el mismo Rubén Martínez Villena se disculpó al no poder asistir por la gravedad de su dolencia; aunque la verdadera razón era  seguir con atención los acontecimientos que se desarrollaban en Cuba desde el 12 de agosto cuando lideró lo que se conoce como la Revolución del 33.

Dicen que todos los presentes auguraron felicidades al hijo de José Acosta y sobrino de Agustín. Para ese entonces el padre y el tío eran figuras notables dentro del movimiento cultural cubano de la época.

Había nacido en La Habana de forma accidental, pues estaba previsto que su madre diera a luz en Matanzas en la casona familiar de la calle Tirri; pero la situación política era tan convulsa que decidieron solicitar los servicios de una comadrona; aunque al final el alumbramiento fue en Maternidad de Línea, con amplia reputación en la zona de la Víbora.

Cuentan los allegados a la familia que desde pequeño su pasión por la lectura era insaciable; que antes de la adolescencia había devorado a los clásicos y que era aceptado y mimado por los amigos de la familia cada vez que había una reunión en su casa.

Y como hijo de gente cercana a la cultura del momento, la música no le era ajena. Sin embargo, lo que menos le interesaba era el piano, su pasión era poder tocar el saxofón o la trompeta, dos instrumentos que había descubierto escuchando aquellos discos de jazz que ayudaban a su padre mientras hacía los bocetos de sus atrevidos dibujos.

La barriada de la Víbora había extendido sus límites por lo que aquel halo de exclusividad que la había caracterizado por años, comenzaba a desaparecer ante el influjo de las nuevas construcciones de estilo más moderno y porque sus habitantes formaban parte de la nueva clase profesional. Aún así, vivir en aquella zona era todo un lujo.

Leonardito Acosta quería ser músico y todos los esfuerzos familiares se encaminaron a ese fin. Aprendió a tocar el saxo y la trompeta, tuvo la suerte de tener al mismísimo Julián Orbón de profesor; pero su academia más importante era escuchar toda la música que le fuera posible gracias a los discos que su padre ilustraba. Hasta que llegó la hora de la encrucijada al futuro: o estudiaba arquitectura como habían previsto sus padres o se encaminaba hacia la literatura como pensaban los amigos de la familia que habían descubierto su habilidad como potencial poeta.

Era el comienzo de los años cincuenta y para ese entonces la vida musical habanera, y cubana en particular, era bastante rica; y además estaba de moda el ritmo creado por otro matancero al que su familia había conocido y que respondía al nombre de Dámaso Pérez Prado. El mambo era el signo musical de su generación y el vínculo más cercano al jazz nacido en esta isla.

Atrás quedaba el sueño de ser un arquitecto notable y se imponía la necesidad de vivir y hacer toda la música que fuera posible y, como consecuencia,  vivir a plenitud el momento musical que le rodeaba. El saxofón era su regla de cálculo y las combinaciones de notas y armonías, sus planos más recurrentes.

Dos importantes momentos marcaron su vida musical en una primera etapa. Conocer a su coterráneo Frank Emilio Flint y formar parte de algunos de aquellos proyectos alocados que el pianista fundara; y suplir a Rolando Sánchez Ferrer en la orquesta de Armando Romeu. Tras aquellas dos experiencias estaba bien claro cuál sería el camino futuro de su vida: era un jazzman, y lo sería hasta su muerte.

Sin embargo; siempre estuvo presente en su interior aquella necesidad de contar y relatar el entorno que le rodeaba, las historias vividas junto a aquellos músicos que fue conociendo por el camino. Escribir era una suerte de “oficio” que llevaba dormido desde la infancia; a fin de cuentas su mundo inicial era un mundo de letras y él había conocido y convivido con algunos de los escritores más importantes.

Será a partir de los años sesenta que comenzará a alternar su carrera como escritor, primero como periodista en la naciente Agencia Prensa Latina; y músico. Conocer la música y a los músicos le permitirá acercar los acontecimientos a públicos de diversas partes del mundo y a sus compatriotas de modo particular.

Tras ser parte del núcleo fundacional del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC (GES) decide dedicar su vida a tiempo completo a la literatura y tal vez esa sea su gran ganancia espiritual y su gran aporte a la cultura cubana a partir de tres títulos fundamentales: Música y épica en la novela de Alejo Carpentier; Música y descolonización; y la que puede considerarse su obra monumental: Cubana Be, cubana Bop: una historia del jazz cubano.

Es Leonardo Acosta; hijo de notable ilustrador, sobrino de un gran poeta y niño mimado por Alejo Carpentier, Fernando Ortíz y otros importantes nombres de la cultura cubana; el músico escritor cubano más importante del siglo XX cubano. Todo un habanero, el mismo niño al que Rubén Martínez Villena envió una nota de disculpas por no poder asistir a su bautismo.