Durante décadas, la historia del arte cubano reconoció la influencia africana sin conceder siempre el mismo espacio a los artistas afrodescendientes. África aparecía en los ritmos, los cuerpos, las ceremonias, las máscaras y los símbolos, pero quienes creaban desde esa identidad podían quedar relegados a los márgenes del relato.
Dos exposiciones simultáneas del Lowe Art Museum de la Universidad de Miami revisan ahora esa contradicción. El Pasado Mío / My Own Past: Contribuciones de afrodescendientes al arte cubano y Afrocubanismo: Selecciones de la colección de Ramón y Nercys Cernuda reúnen más de cien obras realizadas entre 1822 y 2022.
El recorrido conjunto abarca dos siglos y presenta a 58 artistas, desde figuras ampliamente reconocidas como Wifredo Lam, Agustín Cárdenas, Manuel Mendive, María Magdalena Campos-Pons y Juan Roberto Diago hasta creadores prácticamente ausentes de las narraciones habituales.
No se trata únicamente de incorporar algunos nombres a una cronología ya establecida. Las exposiciones plantean una pregunta más incómoda: cómo puede explicarse el arte cubano sin reconocer plenamente el papel de la población africana y afrodescendiente en la construcción cultural del país.
Los artistas afrodescendientes que el canon dejó fuera
El Pasado Mío / My Own Past nació en la Universidad de Harvard y llega a Miami en una versión ampliada. La exposición presenta más de 81 obras de 44 artistas cubanos de ascendencia africana, realizadas mediante pintura, escultura, fotografía, vídeo, técnicas mixtas y obra sobre papel.
Su comisario, el historiador cubano Alejandro de la Fuente, director del Instituto de Investigaciones Afrolatinoamericanas de Harvard, plantea la muestra como una reparación de omisiones acumuladas. La genealogía no comienza con el reconocimiento internacional de Wifredo Lam ni termina en los nombres más visibles del arte contemporáneo.
Junto a Lam, Cárdenas, Mendive, Campos-Pons o Diago aparecen figuras mucho menos conocidas, como Pastor Argudín Pedroso, María Ariza, Antonio Argudín Chon y Tony Ximénez. La intención no es presentarlos como excepciones recuperadas, sino demostrar que siempre formaron parte de la producción artística cubana, aunque no fueran incorporados al mismo nivel en exposiciones, manuales y colecciones.
El arco temporal comienza en 1822 y alcanza el año 2022. Esa amplitud evita reducir el arte afrocubano a una estética concreta o a la representación de religiones de origen africano. Las obras también hablan de esclavitud, ciudadanía, memoria familiar, paisaje, cuerpo, migración, racismo, espiritualidad y vida cotidiana.
La exposición incluye nueve pinturas de Wifredo Lam, algunas realizadas en 1926, 1931 y 1937, antes de que desarrollara plenamente el lenguaje híbrido por el que sería reconocido. Esta presencia permite observar cómo su trayectoria no surgió de manera repentina, sino dentro de una evolución atravesada por Cuba, España, París, el surrealismo y las referencias culturales del Caribe.
Arte por Excelencias ya ha seguido esa dimensión de Lam como figura central del arte cubano y latinoamericano, desde su diálogo con la escultura africana hasta la construcción de cuerpos en los que se cruzan lo humano, lo vegetal, lo animal y lo ritual. Esa lectura aparece en el análisis que conecta su obra con Basquiat y la tradición escultórica africana.
La muestra también amplía la presencia femenina. Según la documentación del proyecto, numerosas mujeres artistas habían quedado fuera del canon, por lo que la versión presentada en Miami incorpora obras de once creadoras reunidas por primera vez dentro de esta genealogía.
María Magdalena Campos-Pons aparece, por ejemplo, con una obra compuesta por 28 polaroids que conecta identidad, memoria y desplazamiento. Su inclusión junto a creadores del siglo XIX y de las primeras décadas del XX permite entender que el arte afrocubano no constituye una tendencia pasajera, sino una historia extensa y todavía incompleta.
En 2017, el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba presentó Sin Máscaras: Arte Afrocubano Contemporáneo, con 149 obras de 40 artistas. Aquella exposición constituyó una referencia para estudiar la creación afrocubana reciente. El proyecto del Lowe amplía ahora el marco histórico hasta abarcar dos siglos y pregunta por qué tantos nombres quedaron fuera durante tanto tiempo.
Afrocubanismo: cuando la vanguardia miró hacia África
La segunda exposición introduce una distinción esencial. Afrocubanismo: Selecciones de la colección de Ramón y Nercys Cernuda no está formada principalmente por artistas afrodescendientes. Presenta 27 obras de 14 creadores vinculados a la primera vanguardia cubana, muchos de los cuales fueron clasificados como blancos durante sus vidas.
Entre ellos aparecen Eduardo Abela, Cundo Bermúdez, René Portocarrero, Luis Martínez Pedro, Oscar García Rivera y Wifredo Lam. Sus obras incorporaron personajes, músicas, bailes, religiones, ambientes y formas asociadas a la cultura afrocubana, aunque las interpretaciones actuales obligan a analizar desde qué posición lo hicieron.
El afrocubanismo surgió en las artes visuales, la música y la literatura durante la década de 1930 y alcanzó gran relevancia en los años cuarenta. Formó parte de un esfuerzo por imaginar una identidad nacional que no negara las raíces africanas de Cuba.
Algunos de estos artistas habían viajado a París durante los años veinte y conocieron allí el interés europeo por las artes del África subsahariana. Regresaron a Cuba con nuevas referencias formales, pero también con una mirada mediada por la fascinación occidental hacia aquello que se presentaba como primitivo o exótico.
Ahí reside una de las principales contradicciones del movimiento. Por una parte, el afrocubanismo ayudó a combatir el desprecio hacia las manifestaciones culturales de origen africano y afirmó que Cuba no podía imaginarse sin África. Por otra, algunas representaciones simplificaron, caricaturizaron o explotaron visualmente a las personas y prácticas que pretendían celebrar.
La obra elegida como portada, Comparsa, pintada por Oscar García Rivera hacia 1940, muestra a músicos y bailarinas avanzando por una calle. El movimiento de las faldas, la percusión y el ritmo de las figuras convierten la celebración afrocubana en el centro de la escena. Sin embargo, el contexto expositivo invita a mirar más allá de su energía visual y preguntarse quién representa, quién es representado y qué idea de Cuba construye la imagen.
Esta segunda muestra procede de la colección de Ramón y Nercys Cernuda, considerada uno de los fondos privados de arte cubano más importantes. Su selección permite examinar cómo la vanguardia convirtió la presencia africana en un componente central de la modernidad nacional, incluso cuando el reconocimiento institucional de los artistas negros seguía siendo desigual.
La comparación entre ambas exposiciones evita una lectura demasiado rápida ya que no basta con celebrar la presencia de imágenes afrocubanas en la pintura. También es necesario preguntar por la autoría, la visibilidad y las jerarquías que determinaron qué creadores podían entrar en el canon.
El Pasado Mío recupera a quienes fueron omitidos. Afrocubanismo analiza cómo otros artistas representaron una cultura que no siempre comprendieron de manera profunda. Juntas revelan que la influencia africana nunca fue un elemento secundario, ornamental o añadido a la identidad cubana.
África no aparece al margen de la historia del arte cubano: está en su origen, en sus tensiones y en algunas de sus transformaciones más decisivas. Lo que estas exposiciones modifican no es el pasado, sino la manera en que decidimos contarlo.




