```Hay artistas cuya obra parece avanzar a una velocidad distinta a la del mundo que la rodea. Mientras la cultura visual contemporánea invita a consumir imágenes cada vez más rápido, María Lara lleva décadas observando aquello que solo se revela cuando la mirada se detiene: el cambio de intensidad de un color, la vibración de una franja, el movimiento de una sombra o la manera en que la luz modifica silenciosamente la percepción del espacio.
Ese trabajo paciente ocupa ahora el centro de la escena madrileña. Del 25 de junio al 15 de noviembre de 2026, la planta 5 de CentroCentro acoge La lentitud de la luz, una exposición comisariada por Armando Montesinos que reúne 40 pinturas y dibujos realizados durante los últimos veinticinco años.
La muestra no funciona únicamente como una revisión de trayectoria. También corrige una ausencia: se trata de la primera exposición institucional dedicada a María Lara en Madrid, la ciudad en la que vive y trabaja desde hace décadas y donde ha construido una parte esencial de su lenguaje artístico.
El reconocimiento llega para una creadora que ha desarrollado su trabajo sin someterlo a las urgencias de las modas ni a la necesidad de una presencia pública constante. Esa discreción explica que durante años haya sido descrita como una «pintora secreta», aunque la coherencia, el rigor y la profundidad de su obra nunca pasaron inadvertidos dentro del arte contemporáneo español.
¿Por qué María Lara fue considerada una «pintora secreta»?
Nacida en Loja, Granada, en 1940, María Lara se formó en Bellas Artes en Sevilla y en la Escuela de San Fernando de Madrid. Sus posteriores estancias en Italia, Grecia y Francia contribuyeron a consolidar una mirada personal que fue alejándose de la representación para concentrarse en los elementos esenciales de la pintura: el formato, la escala, el color y la composición.
Durante buena parte de su trayectoria desarrolló su trabajo en la estricta privacidad del estudio, manteniéndose alejada de la espectacularidad y del ruido que con frecuencia rodean al mercado del arte. De ahí surgió la expresión «pintora secreta», una etiqueta que contiene admiración, pero también una pregunta incómoda sobre los mecanismos que determinan qué artistas alcanzan visibilidad institucional y cuáles permanecen durante años fuera de los grandes relatos.
María Lara nunca fue realmente una desconocida para el sector. Compaginó la creación con la docencia y la gestión cultural, colaboró entre 1989 y 1999 con la Galería y Ediciones Ginkgo y comparte estudio en Madrid con el artista Mitsuo Miura desde mediados de la década de 1980.
Su obra forma parte de colecciones como las del Museo de Arte Contemporáneo Helga de Alvear, el MUSAC, la Junta de Andalucía y Caja Madrid. En 2019, el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León le dedicó la exposición Sensaciones, registros e impresiones, mientras el Museo Francisco Sobrino de Guadalajara presentó otra muestra centrada en su investigación sobre la luz.
Faltaba, sin embargo, una exposición institucional en Madrid capaz de situar su trayectoria ante un público más amplio. Julieta de Haro, directora artística de CentroCentro, ha definido la muestra como «un acto de justicia y reivindicación histórica» para una de las voces más rigurosas y menos difundidas de la abstracción española contemporánea.
No se trata, por tanto, de recuperar a una artista que hubiera dejado de trabajar, sino de reconocer una obra que ha avanzado con paciente determinación mientras las instituciones tardaban en concederle la visibilidad que merecía.
¿Cómo se puede pintar la luz sin representarla?
En los cuadros de María Lara no aparecen ventanas abiertas, paisajes bañados por el sol ni figuras construidas mediante claroscuros. La luz no se representa como un objeto reconocible: se convierte en la propia materia perceptiva de la pintura.
Surge de la relación entre las bandas cromáticas, las zonas vacías, el formato del soporte y la manera en que cada color modifica al que tiene al lado. Una franja puede parecer más próxima o más lejana según su intensidad; una superficie aparentemente uniforme puede adquirir profundidad por una diferencia tonal mínima; una línea basta para transformar el equilibrio completo de la composición.
La obra de María Lara se encuentra conceptualmente próxima al minimalismo, la abstracción geométrica y la pintura de campos de color, aunque no queda encerrada en ninguna de estas categorías. Comparte con ellas la economía de medios, la ausencia de narración y la concentración en las cualidades específicas de la pintura, pero introduce una dimensión sensorial e íntima que evita cualquier sensación de frialdad matemática.
Las líneas, campos y franjas de color que articulan sus composiciones no responden únicamente a un sistema geométrico. Parecen registrar experiencias cotidianas: el momento en que una cortina cambia la claridad de una habitación, la sombra que avanza por una pared o la transformación cromática que se produce a medida que transcurre el día.
Frente a la inmediatez de las imágenes contemporáneas, su pintura exige tiempo. No busca atrapar al espectador mediante un impacto inmediato, sino enseñarle a percibir cómo una diferencia aparentemente mínima puede modificar la profundidad, el ritmo y la temperatura emocional de una obra.
De ahí procede la fuerza del título La lentitud de la luz. No alude a la velocidad física del fenómeno, sino al tiempo necesario para observarlo. Las transformaciones de estas pinturas no siempre resultan evidentes en una primera mirada. Es necesario acercarse, alejarse y permitir que el ojo se adapte a relaciones cromáticas que inicialmente podían parecer sencillas.
María Lara propone así una forma de resistencia frente a la prisa visual. Su obra recuerda que mirar no es simplemente reconocer aquello que tenemos delante, sino concederle el tiempo suficiente para que revele sus matices.
Qué ver en La lentitud de la luz de CentroCentro
La selección de 40 pinturas y dibujos permite recorrer los últimos veinticinco años de la producción de María Lara, un periodo marcado por la depuración de un lenguaje que había comenzado a formularse décadas antes. En lugar de presentar una retrospectiva cronológica completa, la exposición se concentra en la madurez de una investigación sostenida sobre el color, el espacio y la percepción.
El visitante podrá observar cómo una estructura aparentemente sencilla cambia mediante pequeñas decisiones de escala, intensidad o dirección. Algunas obras se organizan mediante bandas horizontales; otras incorporan campos cromáticos, franjas más estrechas o espacios que parecen abrirse y retroceder dentro de la superficie.
Los dibujos desempeñan un papel especialmente revelador. No son simples estudios preparatorios para las pinturas, sino obras autónomas en las que la reducción de elementos hace todavía más visibles la proporción, el ritmo y la capacidad de una línea para organizar el espacio.
El recorrido permite además situar a María Lara dentro de una genealogía internacional relacionada con la abstracción geométrica, el arte concreto, el Op Art, la pintura de campos de color y el minimalismo. Sin embargo, sus composiciones se apartan de una lectura puramente formalista porque nacen de impresiones y experiencias sensibles. La geometría no elimina la emoción; la concentra.
El comisariado de Armando Montesinos aporta una mirada profundamente conectada con la historia reciente del arte español. Doctor en Bellas Artes y profesor universitario durante tres décadas, Montesinos ha comisariado más de un centenar de exposiciones y ha estado vinculado a galerías fundamentales para comprender el arte español de las últimas décadas, como Fernando Vijande, Juana Mordó y Helga de Alvear.
María Lara. La lentitud de la luz podrá visitarse del 25 de junio al 15 de noviembre de 2026 en la planta 5 de CentroCentro, en el Palacio de Cibeles de Madrid.
Madrid no descubre ahora a una artista emergente, sino a una creadora que lleva más de medio siglo observando con una intensidad poco frecuente. La exposición recuerda que el reconocimiento institucional también puede llegar despacio y que, en ocasiones, no es la obra la que necesita tiempo para revelarse: somos nosotros quienes debemos aprender a mirar a su velocidad.
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