“(Recuerdo) el día en que las Coplas/ de Manrique entraron en mi vida: la certidumbre/ de que ya no era igual el antes y el después/ de ese momento, que esas páginas/ modificaban, enriquecían/ mi idea del mundo, ya eran yo, para siempre…” (José Mª Álvarez, El Botín del mundo)
Pocos poetas tan influyentes, citados y recitados como Jorge Manrique, el autor de las Coplas por la muerte de su padre pero también de un magnífico cancionero, no tan breve como a veces se dice, en el que aquellas se insertan con total naturalidad y coherencia. Top o cabeza del canon lírico español, él tiende el puente entre medievo y modernidad en nuestras letras, le pasa lo que a Cervantes: no disponemos de una iconografía fiable, no conocemos su rostro. Y sin embargo, el inmenso éxito e influencia de su poesía, que se imprime ya en 1483, solo cuatro años después de su muerte, viaja probablemente con las primeras naos al Nuevo Mundo y triunfa en el Cancionero General de Hernando del Castillo, ese best seller que domina toda la poesía hispánica a lo largo y ancho del siglo XVI, hace que en todo tiempo las legiones de personas lectoras de Manrique hayan buscado asignarle un rostro, formarse una imagen, un retrato de él.
Geo Ripley es un artista, performer, poeta e investigador, que representa la vanguardia caribeña del último tercio del siglo XX y lo que llevamos transcurrido del XXI. Su arte fusiona y recrea el rico entramado intercultural que concurre en la síntesis antillana, sin dejar de lado el acervo hispánico. En su pintura se advierte una integración del arte occidental, las vanguardias pero también el magisterio de los clásicos, del sustrato amerindio y de la simbología y el colorido afro. En 2023 colaboramos en la edición, modernizada textualmente e ilustrada, de las Coplas manriqueñas (Universo Oculto, 2023). Yo esperaba media docena de viñetas pero Geo, en generoso alarde creativo, aportó no ya las 40 canónicas, sino 42 láminas (incluyendo dos para las llamadas coplas póstumas).
Aplicó entonces el dibujo en tinta china, que tenía apartado de tiempo atrás, y una metodología de automatismo surrealista o de action painting. Entre la abstracción y algún detalle simbólico y figurativo, desarrolló la idea heraclitana del todo fluye, el río del tiempo, sobre la imagen del laberinto, en cuyo centro amor y muerte fatalmente confluyen.
Un par de años después, hablamos del rostro de Jorge Manrique y su representación, fijada diacrónicamente por el retrato dieciochesco de Dionisio de Santiago. En cómo sería aquel para el imaginario actual, contemporáneo, después de seis siglos.
Pero antes de abordar la innovadora y magnífica propuesta de Geo Ripley, que deconstruye la imagen manriquiana para reconstruir baconianamente su compleja dualidad y añadir verdad a su rostro, vamos a repasar sumariamente las diferentes versiones, algunas sorprendentes, de la imagen de don Jorge a través del tiempo.
Errores magníficos, mentiras maravillosas y veraces
En el XVI, se fusionaron dos obras maestras para generar un error perdurable, un error que, borgiano modo, no dudaríamos en calificar de feliz.
Hablamos del Doncel de Sigüenza, cumbre del arte escultórico funerario renacentista, y de las propias Coplas manriqueñas.
Es una confusión que nace de una lectura naif en apariencia pero acaso profunda y de gran alcance, pues sintetiza dos cumbres del genio ibérico en los albores de su ingreso en la Modernidad.
Como el Doncel, el personaje que encarna al joven difunto homenajeado en el sublime túmulo, está leyendo su libro marmóreo, pasa a ser identiificado con el poeta guerrero más universal y reconocido de las letras hispanas.
¿Qué imagen más adecuada que la de un lector del ultramundo para el autor de los versos más lúcidos y mejor pautados sobre la fugacidad de la vida y la inminencia de la Parca?
Incluso, aunque todos supieran que el Doncel tenía nombre y apellidos y que había fallecido, coetáneo casi de Manrique, en ese otro frente del campo granadino.
No fue cuestión de descuido o ignorancia, sino de afinidad conceptual: una insuperable asociación de imagen y de ideas. A sabiendas de que el pétreo Doncel tenía nombre y apellidos, una ejecutoria propia y linajuda familia, a la que siempre deberemos el más bello monumento funeral de nuestra historia del arte (muerte y belleza, belleza y muerte, esa misma danza de las Coplas y de la vida toda de don Jorge), se consolidó por décadas, centurias acaso, la identificación entre el rostro de Jorge Manrique y el del Doncel. Conceptualmente felicísima, errónea a todas luces bajo el prisma del rigor crítico y de la verdad histórica.
La tradición, donde han jugado citas literarias pero ante todo la sabia percepción popular, quiso asociar a Sigüenza y su famoso Doncel, quizá la escultura funeraria más hermosa del mundo, con una imagen posible de Manrique. En su catedral fortaleza, la capilla de San Juan y Santa Catalina, con el sepulcro gótico diseñado y ejecutado por el escultor toledano Sebastián de Almonacid, joya de esa magna corona catedralicia, remite al mayor poema elegíaco de nuestras letras. Don Martín Vázquez de Arce muere en 1484, poco después de don Jorge, apenas un lustro, combatiendo en Granada.
En sentido estricto no es ya doncel: tiene 25 años, ha conocido mujer y es padre de un niño. Pero las sinergias, las sincronicidades con don Jorge son varias y esenciales: la cruz de Santiago surcando roja el pecho, el libro que está leyendo con total concentración, la melancolía de su gesto, proyectando armonía desde la simetría de sus facciones. Se sabe que pudo haber sido paje del duque del Infantado y que se habría formado en armas y versos en el magnífico palacio de Guadalajara, modelo y cantera de la futura corte poética de Jorge dentro del círculo o corte poética toledana del arzobispo Carrillo. Se especulaba con cuál sería el libro que este lector muerto leyese en el tránsito al Hades: la Biblia, un libro de horas, la Eneida, el best-seller del momento (Amadís de Gaula)… Mas la intuición, intelectual y popular, acordó, casi unánime, que fueran las Coplas de Jorge Manrique.
Y dando un paso más (salto, quizá), decidió que el rostro de aquel más caballero que doncel, perfectamente identificado por lo demás, sería también el de don Jorge. Resultaba algo incluso lógico. La cultura española, el pueblo español, precisaba un rostro para el verso más claro y hondo de su cancionero. Y por un largo periodo, lo encontró en el Doncel de Sigüenza. Como las mismas Coplas, una joya monumental a caballo entre el mundo tardogótico y el primer renacimiento. Como las Coplas, un gesto de despedida de la edad media, y una imagen para Jorge Manrique, que es como el símbolo de aquel otoño de la Edad Media.
Pero es en el siglo XVIII cuando se impone la imagen de Jorge Manrique que más ha circulado, la que se ha generalizado y que se asocia en toda clase de soportes, digitales e impresos, a su imagen y, por consiguiente, a la vida y obra manriqueñas. Hablamos del retrato que para la colección de toledanos ilustres del cardenal Lorenzana realizó el pintor de Toledo, Dionisio de Santiago.
Pero retrocediendo atrás en el tiempo, a partir de este retrato del pintor toledano ilustrado y basada en él, mencionemos otra anacrónica, y bien vigente, “mentira maravillosa”.
La falsa atribución a Juan de Borgoña
El retrato idealizado que firmó Dionisio de Santiago y que se custodia en la Biblioteca de Castilla-La Mancha, antigua Casa de Cultura de Toledo (retengan el dato), se retrotrae del XVIII a finales del XV y tiene incluso una ficha que figura, orbi et orbi, en Internet, de la que seleccionamos la información más relevante:
-“Atribuida al pintor hispano-flamenco Juan de Borgoña (1470-1534), es una célebre pintura del XV o principios del XVI”.
-“Se conserva en la Casa de Cultura de Toledo”.
-“Pintura renacentista / prerrenacentista”.
-“No es un retrato al natural, ya que Juan de Borgoña desarrolló su etapa principal en España años después de la muerte del poeta en 1479”.
-“Se trata de una representación idealizada o de recuperación histórica muy difundida en libros de texto e iconografía clásica española para poner rostro al autor de los versos Recuerde el alma dormida.”
En una conocida enciclopedia de imágenes, se considera a la foto que la reproduce, tomada en 2006, como obra de Borgoña y se la considera “public domain y work of art”.
La atribución, notoria confusión, sigue vigente en la actualidad. En un documentado reportaje, fechado en 2021, María Berini Pita de Veiga la reproduce en su completo texto, publicado digitalmente, sobre “Retratos de los grandes escritores españoles. Un viaje con la Literatura y el Arte”.
Sin duda el exitoso retrato de un pintor provincial, poco conocido y menos reconocido, ha sido total y global. En todas direcciones; espaciales, más allá de la cultura española e hispánica (dada la universalidad de Jorge Manrique y sus Coplas) y temporales, desde finales del XVIII a hoy mismo, pero irradiando al pasado, casi hasta ser considerada la imagen contemporánea del poeta y caballero.
De hecho, como vamos a ver enseguida, la propuesta vanguardista del siglo XXI, la nueva imagen de Don Jorge a cargo de Geo Ripley, parte a su vez de este retrato generado en un estudio situado en la parroquia de los Santos Justo y Pastor, en el barrio toledano conocido como “de los Canónigos”.
La obra maestra de Dionisio de Santiago
El arzobispo toledano cardenal Francisco de Lorenzana y Butrón fue un ilustrado y notorio mecenas del siglo de las Luces. Responsable de la diócesis acaso la más rica en arte, libros y patrimonio de la Cristiandad, acogería positivamente la Real Cédula de Carlos III, datada en febrero de 1771, por la que se disponía la apertura de bibliotecas en los palacios episcopales. Para embellecer el suyo proyectó una colección de retratos de personalidades ilustres de las artes y las letras vinculadas a Toledo. El encargo, transmitido por el bibliotecario mayor de Lorenzana Pedro Manuel Hernández, recayó en el dibujante, estampador y pintor Dionisio de Santiago Palomares, quien entre 1773 y 1792 pintó y entregó unos 40 retratos, que en la actualidad conforman la llamada Galería de Ilustres en un corredor de la Biblioteca de Castilla-La Mancha, sita en el Alcázar de Toledo.
Entre ellos, figura, con el universal renombre ya mencionado y merecido prestigio, el de Jorge Manrique.
Con el nombre latinizado (“Georgius Manrique”) y el adjetivo “Toletanus”. Ciertamente Manrique, solar familiar palentino pero lugar de nacimiento muy cuestionado y no probado, tuvo plena vinculación con Toledo. Por su dilatada pertenencia a la Corte poética de otro arzobispo toledano ilustre y preilustrado, Alonso Carrillo de Acuña, donde se formó como poeta y conformó su magnífico cancionero. Y por su matrimonio con la hija del conde de Fuensalida, Guiomar de Meneses, que duró unos 10 años, con presumible residencia familiar (tuvieron dos hijos, Luis y Luisa) en el palacio de Fuensalida. Toledano consorte, aunque parece que no “con suerte”, ya que debió de ser un matrimonio problemático.
Dionisio de Santiago perteneció a una familia muy vinculada a la iglesia toledana y su estructura administrativa. Fue hijo de Francisco de Santiago, escribano mayor y contador del Arzobispado. Anticuario, coleccionista, grabador y restaurador, el artista se aplicó al encargo con oficio y meticulosidad. Puede que su visión de Jorge Manrique haya triunfado por su carga de sobria seriedad o de seria sobriedad. No hay amargura ni tristeza en ese rostro que supo mirar a la muerte a la cara. Mira ahora desde el lienzo a las personas que en todo tiempo y latitud han recitado, recitan y recitarán sus coplas y canciones, haciendo recordar y despertar sus almas dormidas. Parece invitar con un gesto expectante a tal lectura, compartiendo una sonrisa de fraternidad que no llega a aflorar.
Por alguna secreta alquimia, uno de los 40 retratos que Santiago pintó en serie, el de Jorge Manrique precisamente, que comparte tamaño, estética y hasta algunos rasgos faciales con algún otro de la colección, es el que ha trascendido en un conjunto donde hay pintada gente muy grande (Lope, Calderón, las hermanas Sigea).
Poco sabemos de Dionisio de Santiago, boda tardía (casi cincuentón), a no ser por su testamento, que estudió Ramón Sánchez González, archivero diocesano, y por la tesis doctoral de Antonio Casado, dedicada a la biblioteca Borbón-Lorenzana, una de las más importantes de España en libro antiguo, y a la colección de ilustres toledanos.
Habitó espaciosa casa toledana con sala de invierno y sala de verano, patio con brocal y muebles caros. Tuvo nada menos que cinco grecos, espadas toledanas antiguas y valiosas joyas y colecciones numismáticas. Gustaba del buen vestir: numerosas capas, pañuelos de seda, lustrosos botines. En su estudio había atriles, bastidores, un maniquí y modelos de yeso. Sobre su trabajo, su padre se refirió al “nobilísimo arte de la Pintura que profesa”.
Su retrato de Jorge Manrique, “nada del otro mundo” según casi todo el mundo ha resultado ser el retrato universal e indeleble del mayor cantor de la muerte y del amor. Ha triunfado y sigue triunfando en todo el mundo. Y tiene un autor, una firma de pintor que merece ser mejor conocida y mucho más reconocida.
Es la obra maestra de Dionisio de Santiago.
La genial recreación de Geo Ripley
Dos siglos y medio después del retrato de Jorge Manrique por Dionisio de Santiago autorizan a plantearse una revisión de nuestra percepción sobre cómo era el rostro del poeta, a proponer nuevas propuestas acerca de cómo lo percibimos.
En cierto modo, la atemporalidad de su cancionero, que derrota al tiempo con sus verdades esenciales, tan bellamente formuladas, explica la perpetuación de esa imagen idealizada que con tanto acierto plasmó en su lienzo De Santiago.
Adepto a la militancia manriqueña y santiaguista, intuía que Ripley era artista capaz de afrontar ese reto, más que motivado, entusiasmado con mi nueva y quijotesca propuesta. Cuando en marzo de este año recibí vía whatsapp la foto del retrato, la nueva imagen de Jorge Manrique según Geo Ripley, debo decir que mi reacción fue de desconcierto.
En un primer momento, no supe si me gustaba o no la propuesta.
Aunque entendía que aquella imagen dual, como en deconstrucción, encerraba mucho, contenía meditación, intuición, biografía, poesía desde luego.
Era una de esas imágenes que requieren una lenta, minuciosa y atenta contemplación.
Desde luego que en los centenares de ediciones y recreaciones plásticas de un poemario que encabeza las listas de libros líricos más vendidos cada otoño (por el arranque del curso académico, al ser libro de lectura programada), hay infinidad de imágenes manriqueñas. Pero tienden a lo convencional, a la representación del caballero cuatrocentista castellano que impera en nuestro imaginario cultural. Además, no se inscriben en la tradición del caballero y/o poeta posando ante un artista para que le haga un retrato, que era nuestra idea.
De vez en cuando me entregaba a la contemplación del cuadro, sumido en contradictorias sensaciones, con el corazón partido como el rostro del poeta en la recreación ripliana.
Pero para entender y apreciar el valiosísimo e innovador trabajo de Geo, tuve que esperar a su reciente viaje a España. En una memorable sesión, en la casa del gran investigador y coleccionista manriqueño, cofundador del Triángulo manriqueño, José Manuel Ortega, con Fior Daliza de Mateo, arquitecta y esposa de Ripley, el artista mostró y explicó el lienzo original del tan ansiado retrato.
Geo suele envolver su vida y su obra en un halo mágico. La génesis del cuadro, enseguida él mismo la detalla, tuvo también ese móvil mágico. Y de inmediato, no es que me gustara el retrato, es que me entusiasmó. Porque tuve la sensación de desentrañar su misterio, sus dualidades, su ambigüedad, su recóndita carga simbólica.
De aproximarme a su leyenda.
La dualidad.
La parte derecha, carnal, vital, física.
La izquierda, como encalada, como tapada por un manto blanco: todo sudario lo es.
El ojo de la derecha nos interpela, denota no susto pero sí alerta: atención, vigilia, conciencia de que lo decisivo sucede ahora.
El izquierdo es el ojo velado, nublado por la Parca, que tantas veces nos recordó Homero.
El cabello, encrespado, confuso, deja entrever (o mejor, adivinar) la cimera sobre la que tantas veces superpuso la imagen que visualizaba sus letras en las muchas Justas poéticas en que compitió. La más famosa, aquella noria fluvial, que era metáfora del llanto que bajaba de sus ojos al corazón, arrasado de mal de amores.
Dualidades: las que conforman la vida y obra manriqueñas. La unitaria fusión de amor y muerte, de dolor y gozo, cara y cruz de la misma moneda.
El vigor, la efímera belleza imperan en la parte derecha del cuadro.
El arrabal de senectud, la caducidad en la izquierda.
Y una referencia también al chancro facial que acabó con la vida del león rugiente, del padre muerto, que sería rastreable en el lado izquierdo, el lado de la extinción (o transición a las otras dos vidas, según Manrique, la de la fama y la gloriosa o eternal). Un postrer homenaje a ese padre, con el que mantuvo tan fértil unión, capaz de generar una obra maestra que perpetúa y trasciende su memoria.
Finalmente, comprendí la valiosa de-reconstrucción que esta imagen nos ofrece: parte y reelabora un modelo precedente…
Sí, justamente, el conocido retrato de la galería de ilustres en su día pintado por Dionisio de Santiago.
De cómo surge el retrato a Jorge Manrique
Geo Ripley: Hace unos años, mientras realizaba las viñetas para las Coplas por la muerte de su padre, por encargo del filólogo, maestro, poeta y hermano del alma Antonio Lázaro Cebrián, en una de ellas surgió un dibujo muy gestual, que inmediatamente me recordó una de las tantas obras retratísticas, muy tardías, sobre la imagen del gran poeta.
Extrañamente, tuve un impacto y estremecimiento en todo mi cuerpo. Pensé, está aquí presente el poeta y se está manifestando.
Tengo que hacerle un retrato. Pasó el tiempo, pero no encontraba la forma, no definía el concepto de ejecución y dejé que cuando llegara el momento lo realizaría, pero siempre con esa idea.
Dejé de pintar en gran formato, y en acrílico y técnica mixta, me concentre en trabajar en tintas chinas a colores que a veces complementaba con acrílica y dejé un poco la construcción mental y jugué a la mancha al gesto a la caligrafía a que surgiera lo casual, a no pretender tener el control total de la obra.
Y surgió la magia. Antonio me alentaba constantemente realizar ese retrato.
Surgió el viaje a España, estaba lleno de papeles de alta densidad especiales para acuarelas para tinta de diferentes gramajes, pero a mi mente siempre venía la tela y logré encontrar unos bastidores que encajaban perfectamente en la maleta más grande que tengo. Los compré y me dirigí a la parte de las pinturas, hice una selección con colores que realmente nunca, casi nunca o hace tantos años, no utilizo. Los adquirí.
Viajamos a las montañas de San Cristobal en La Colonia, coloqué el bastidor con la tela sobre la mesa (pinto horizontal) y destapando los tubos, los apreté, dejando caer al azar la pintura sobre la tela. Luego, tomando el aerosol fui rociando todo el bastidor con agua y con unos pinceles muy gruesos manché y esparcí, dejando que los colores se mezclaran. Impregné más agua y surgió la mancha esfumada mezclada, llegó un movimiento muy rápido e hice el dibujo; seguí esfumando los colores y tomando un papel encerado, arrugándolo en mi mano, lo impregné de tono oscuro para definir el cabello, eché más agua de los ojos y, en un momento, estaba el rostro del inmenso Jorge Manrique.
Lo importante para mí de este retrato es que está realizado en base a una deconstrucción de lo que puede ser un retrato convencional.
Pretendo que sea la imagen de un ser mitológico, que trasciende tiempo, espacio e idioma, que, con su palabra escrita, cambió la literatura española, y por qué no, también el mundo.
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