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El azul que valía más que el oro y el verde que podía matar
14August
Artículos

El azul que valía más que el oro y el verde que podía matar

En el taller de un pintor antiguo, elegir un color podía ser también una decisión económica y sanitaria. Algunos pigmentos llegaban desde territorios muy lejanos, costaban más que otros materiales del cuadro y se reservaban para las figuras principales. Otros contenían plomo, mercurio o arsénico y se molían, mezclaban y aplicaban mucho antes de que existieran las normas actuales de seguridad.

El color no salía de un tubo. Había que obtenerlo de piedras, tierras, plantas, metales e incluso insectos. El azul podía viajar desde las montañas de Afganistán; un rojo intenso podía proceder de la cochinilla cultivada en América; y uno de los verdes más deseados del siglo XIX debía su brillo a una combinación de cobre y arsénico.

La historia de los pigmentos explica por qué algunos cuadros han cambiado de aspecto y por qué ciertas zonas recibieron más atención que otras. También desmonta una idea muy extendida: los artistas del pasado no disponían de una paleta estable e ilimitada. Cada color tenía un precio, un origen, unas propiedades y, en ocasiones, un riesgo.

El azul ultramar, el azul maya y el rojo que salió de un insecto

Durante siglos, uno de los azules más apreciados de la pintura europea fue el ultramar natural. Se obtenía del lapislázuli, una piedra semipreciosa cuya fuente histórica más célebre se encontraba en la región de Badakhshan, en el actual Afganistán. Su nombre procede del latín medieval ultramarinus, “más allá del mar”, una referencia al largo viaje necesario para llevarlo hasta los talleres europeos.

Transformar la piedra en pigmento exigía separar cuidadosamente la lazurita azul de otros minerales presentes en el lapislázuli. El proceso era complejo y el rendimiento, reducido. Por eso el ultramar de mejor calidad alcanzó precios extraordinarios y llegó a especificarse por separado en algunos contratos.

No todos los mantos azules de la historia fueron pintados con lapislázuli, pero su empleo en la ropa de la Virgen María se convirtió en una demostración visible de prestigio y devoción. El color podía indicar que el comitente había pagado por uno de los materiales más valiosos disponibles.

Tiziano lo utilizó con enorme intensidad en Baco y Ariadna. La National Gallery de Londres conserva la obra y explica que el ultramar fue durante la Edad Media y el Renacimiento el azul más brillante y estable al alcance de muchos pintores europeos.

El precio cambió en el siglo XIX, cuando se desarrolló una versión sintética conocida como ultramar francés. El nuevo producto ofrecía un azul intenso a una fracción del coste. La democratización del pigmento modificó la paleta: lo que antes podía reservarse para una zona excepcional comenzó a emplearse con mucha más libertad.

América había desarrollado siglos antes otro azul extraordinario. El azul maya no se extraía directamente de una piedra. Era un material compuesto mediante la combinación de índigo y paligorskita, una arcilla fibrosa. La mezcla se calentaba para producir un pigmento de gran resistencia.

Su estabilidad continúa sorprendiendo a los investigadores. El azul ha sobrevivido durante siglos en murales, cerámicas y objetos sometidos al clima húmedo de Mesoamérica. El British Museum identifica restos de este pigmento en piezas mayas y explica que se obtenía calentando la arcilla con una especie americana de índigo.

Esta tecnología cuestiona el relato según el cual las grandes innovaciones materiales de la pintura llegaron siempre desde Europa. El azul maya fue una creación mesoamericana compleja, duradera y técnicamente sofisticada, desarrollada mucho antes de la química industrial.

Otro color americano transformó el comercio global: el rojo de la cochinilla. El pigmento procede de pequeños insectos que viven sobre determinadas especies de nopal. De ellos se obtiene ácido carmínico, capaz de producir rojos, rosas y púrpuras según el tratamiento y las sustancias con las que se combine.

Las culturas americanas ya utilizaban la cochinilla antes de la conquista. A partir del siglo XVI, el producto fue exportado en grandes cantidades desde México hacia Europa. El Getty señala que el colorante comenzó a importarse desde México y se convirtió en una materia habitual para elaborar lacas rojas transparentes.

En pintura, estas lacas se aplicaban a menudo en capas finas sobre otros tonos para crear profundidad en telas, ropajes y sombras. Su transparencia producía rojos de una riqueza difícil de obtener con pigmentos opacos.

La cochinilla también tenía una debilidad: podía perder intensidad con la exposición prolongada a la luz. Algunas telas y zonas rosadas que hoy parecen apagadas fueron originalmente mucho más vivas. La investigación técnica permite reconstruir, al menos parcialmente, esa apariencia perdida.

Este recorrido material complementa la dimensión emocional del color examinada por Arte por Excelencias en “El sorprendente poder del color: por qué algunas obras de arte nos hacen sentir mejor”. Antes de provocar una emoción, cada tono debía ser encontrado, comprado, preparado y convertido en pintura.

El verde con arsénico y los blancos, rojos y amarillos tóxicos

La búsqueda de colores más brillantes tuvo un precio. En 1775, el químico sueco Carl Wilhelm Scheele desarrolló un verde basado en cobre y arsénico. El llamado verde de Scheele ofrecía una intensidad que lo hizo popular en papeles pintados, telas, juguetes, objetos decorativos y materiales artísticos.

Después apareció el verde esmeralda, otro compuesto arsenical todavía más vivo. El problema no estaba solo en tocar el pigmento. En determinadas condiciones de humedad, los productos decorativos que contenían arsénico podían contribuir a liberar sustancias peligrosas.

La National Gallery de Londres recuerda que el verde esmeralda no se utilizó únicamente en las paletas de los artistas: estuvo presente en papeles pintados y pinturas domésticas. Su toxicidad generó una preocupación creciente durante el siglo XIX, cuando el color ya había invadido habitaciones, vestidos y objetos de uso cotidiano.

La famosa historia según la cual el papel verde de la residencia de Napoleón en Santa Elena provocó su muerte continúa siendo discutida. Se han hallado niveles de arsénico en muestras relacionadas con su entorno, pero eso no permite reducir una muerte compleja a una única causa. El caso demuestra, sobre todo, hasta qué punto los pigmentos tóxicos formaban parte de la vida diaria.

El arsénico tampoco apareció por primera vez en la paleta moderna. El oropimente, un sulfuro de arsénico de color amarillo dorado, se utilizó desde la Antigüedad. Su tono brillante explica su nombre, relacionado con la idea de “pigmento de oro”. Era atractivo, pero peligroso, y podía reaccionar mal con otros materiales.

Los riesgos no terminaban en el verde o el amarillo. El blanco de plomo fue durante siglos uno de los blancos fundamentales de la pintura europea. Secaba bien, cubría con eficacia y permitía crear luces, carnaciones y mezclas. También era venenoso si se inhalaba o ingería, especialmente durante su fabricación y molienda.

El plomo puede acumularse en el organismo y afectar al sistema nervioso y digestivo. Los pintores trabajaban con el pigmento en polvo, preparaban sus propias mezclas y podían tener las manos, la ropa y el taller contaminados. Eso no significa que toda enfermedad documentada en un artista se deba al blanco de plomo, pero sí que el riesgo era real.

El rojo también podía esconder problemas. El bermellón, elaborado con sulfuro de mercurio, proporcionaba un tono intenso muy utilizado en manuscritos, pinturas y objetos. La National Gallery señala que durante la Edad Media y el Renacimiento podía combinarse con minio, otro pigmento tóxico basado en plomo, para aumentar su viveza.

Los artistas no eran necesariamente ignorantes del peligro. Algunas fuentes antiguas advertían sobre determinados materiales y recomendaban precauciones. Sin embargo, conocer un riesgo no significaba disponer de una alternativa con la misma intensidad, estabilidad o capacidad de secado.

La llegada de pigmentos sintéticos durante los siglos XVIII y XIX amplió la paleta y abarató algunos colores, pero también introdujo nuevos problemas. No todo lo producido en un laboratorio era más seguro. Verdes arsenicales, amarillos de cromo y otros compuestos circularon durante años antes de que sus efectos fueran regulados con mayor rigor.

Los conservadores actuales estudian estos materiales no solo para protegerse, sino para comprender el aspecto original de las obras. Un pigmento puede oscurecerse, desvanecerse o reaccionar con la capa situada a su lado. El cuadro que vemos hoy es, en parte, el resultado de esas transformaciones químicas.

Por eso las reproducciones digitales pueden resultar engañosas. Una pantalla corrige el contraste y presenta los colores como si fueran uniformes y permanentes, mientras que el original conserva desgastes, transparencias y alteraciones acumuladas durante siglos. Arte por Excelencias analizó esta distancia en el artículo sobre las obras maestras que cambian al contemplarlas en persona.

El azul ultramar, el rojo de cochinilla, el azul maya y los verdes arsenicales cuentan una historia distinta del arte. No hablan únicamente del talento del pintor. Hablan de minería, agricultura, comercio, colonización, conocimientos indígenas, química y salud.

Antes de convertirse en una emoción o en un símbolo, un color era materia. Y esa materia podía llegar de la otra punta del mundo, proceder de un insecto diminuto o esconder suficiente veneno como para convertir el taller en un lugar peligroso.

Pigmentos tóxicos: los colores peligrosos del arte