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No estaban tristes: la verdadera razón por la que nadie sonreía en los retratos antiguos
03August
Artículos

No estaban tristes: la verdadera razón por la que nadie sonreía en los retratos antiguos

En los museos abundan los rostros que parecen haber recibido la misma orden: permanecer quietos y no sonreír. Reyes, comerciantes, religiosos, militares y miembros de la nobleza miran desde el lienzo con una seriedad que hoy puede parecer distante. La explicación más repetida atribuye esa ausencia de sonrisas a los dientes en mal estado o al esfuerzo de mantener el gesto durante horas. La realidad es bastante más interesante.

Los retratos antiguos no evitaban la sonrisa porque las personas fueran menos felices. La expresión dependía de las normas sociales, del propósito de la obra y de la imagen que el retratado deseaba dejar de sí mismo. Un retrato no era una fotografía espontánea: podía servir para afirmar poder, negociar un matrimonio, conservar la memoria familiar o presentarse ante una corte extranjera.

En esas circunstancias, una gran carcajada podía comunicar exactamente lo contrario de lo que buscaba el encargo. El rostro debía transmitir dominio, dignidad y estabilidad. La sonrisa existía en el arte, pero aparecía con mayor libertad en escenas populares, personajes infantiles, músicos, bebedores o figuras cómicas que en los retratos oficiales.

La seriedad era una forma de autoridad, no una prueba de tristeza

En El caballero de la mano en el pecho, pintado por El Greco hacia 1580, el protagonista no necesita corona, espada ni escenario palaciego para imponer su presencia. El traje negro, la golilla blanca, la mirada directa y el gesto de la mano construyen una identidad basada en la contención.

El Museo del Prado sitúa la obra dentro de la tradición del retrato cortesano de la época de los Austrias. La composición es sencilla, el fondo carece de distracciones y toda la atención se concentra en la figura. La expresión seria no revela necesariamente el estado de ánimo del hombre: representa cómo quería ser reconocido públicamente.

Algo similar ocurre en numerosos retratos del Renacimiento y el Barroco. La ropa, las joyas, los guantes, los libros y la postura ofrecían información sobre rango, profesión y educación. El rostro debía formar parte de ese programa. Una expresión demasiado pasajera podía restar permanencia a una imagen concebida para sobrevivir varias generaciones.

El retrato europeo se desarrolló inicialmente en contextos religiosos y cortesanos. Con el tiempo adquirió autonomía, pero mantuvo su capacidad para construir prestigio. El Metropolitan Museum explica que los primeros retratos renacentistas aparecían con frecuencia dentro de escenas cristianas encargadas por los propios donantes. La semejanza física importaba, aunque también lo hacía la posición social que la obra fijaba para el futuro.

La seriedad tampoco era absoluta. En los retratos de Corneille de Lyon aparecen indicios de sonrisa, y algunos pintores introdujeron expresiones más cálidas cuando la relación con el modelo lo permitía. La National Gallery describe el retrato que Murillo realizó de Justino de Neve como una representación afectuosa de uno de sus amigos y mecenas. Incluso dentro de los códigos formales había margen para la cercanía.

La diferencia se entiende mejor al comparar esos encargos con las escenas de género. Niños, campesinos y personajes populares sí podían reír o mostrar los dientes porque la obra no debía preservar una autoridad institucional. Murillo pintó jóvenes sonrientes y gestos cómplices en composiciones que buscaban captar una situación cotidiana, no establecer la imagen oficial de una dinastía.

Los dientes, las largas poses y otros mitos que no explican todo

La mala salud dental pudo influir en casos concretos, pero no basta para explicar siglos de retratos serios. Las personas con una dentadura cuidada tampoco acostumbraban a mostrarla en una efigie oficial. El gesto tenía connotaciones sociales y debía ajustarse al decoro esperado del modelo.

Tampoco es exacto trasladar sin más al retrato pintado el problema de las exposiciones largas de la fotografía primitiva. Un pintor no necesitaba que el modelo mantuviera la misma expresión durante cada jornada de trabajo. Podía realizar dibujos, estudios y sesiones separadas, completar el vestuario con ayuda de asistentes e incluso trabajar sobre aspectos del cuadro cuando el retratado ya no estaba presente.

Sí existía una dificultad práctica: una sonrisa amplia cambia con rapidez. No solo mueve la boca, sino también las mejillas, los ojos y la estructura completa del rostro. Resulta más difícil sostenerla de forma natural que una expresión neutra. Pero esa incomodidad técnica fue secundaria frente a una decisión cultural: el retrato debía mostrar carácter, no capturar un segundo divertido.

La excepción más famosa es la Gioconda. Leonardo no pintó una carcajada, sino una expresión ambigua que parece variar según la zona del rostro en la que se fija la mirada. El Louvre señala que su sonrisa se convirtió en uno de los principales motivos de fascinación de la obra, junto al paisaje y el empleo del sfumato. Esa indefinición explica parte de su éxito: no sabemos si la figura sonríe, está a punto de hacerlo o acaba de abandonar el gesto.

La presencia de la Gioconda en la cultura popular es tan intensa que puede ocultar cómo funciona realmente el cuadro. Arte por Excelencias ya explicó en por qué algunas obras maestras resultan distintas al contemplarlas en persona: frente al original, la expresión de Lisa Gherardini es mucho menos evidente que en las reproducciones ampliadas.

También hubo pintores que convirtieron la sonrisa en una especialidad. Frans Hals retrató risas, dientes visibles y expresiones que parecen captadas en mitad de una conversación. Sus pinceladas rápidas reforzaban una impresión de inmediatez poco habitual en el retrato solemne. No eliminó las convenciones del género, pero demostró que un rostro animado podía conservar dignidad sin quedar inmóvil.

Con la expansión de la fotografía y, más tarde, de la publicidad, el cine y la cultura del consumo, sonreír ante una cámara terminó convirtiéndose en una conducta cotidiana. Hoy la expresión seria puede parecer excepcional porque esperamos que un retrato resulte cercano y agradable. En siglos anteriores, esa misma sonrisa habría podido interpretarse como falta de dominio o excesiva familiaridad.

El retrato continúa siendo una negociación entre identidad y representación. Artistas contemporáneos como Ángeles Agrela siguen utilizando el género para cuestionar los códigos con los que reconocemos un rostro y atribuimos una personalidad. Arte por Excelencias abordó ese trabajo en su análisis sobre retrato, identidad y representación femenina.

Los personajes de los cuadros antiguos no estaban todos tristes, enfermos ni incómodos. Simplemente posaban para una época que esperaba del rostro algo distinto. Mientras hoy sonreímos para parecer accesibles, ellos permanecían serios para parecer dignos de ser recordados.

Por qué no sonreían en los retratos antiguos