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Fotografía y vida
01March
Artículos

Fotografía y vida

Asombra siempre la belleza en toda fotografía tomada en cualquier lugar del planeta, bajo cualquier circunstancia y tiempo. Desde los albores mismos de su invención en el siglo xix, no solo Nicéforo Niepce, Eugene Atget, Walker Evans, Cartier Bresson, Martin Chambi, Manuel Álvarez Bravo, René Burri, Josef Koudelka, Sebastián Salgado, Robert Mapplethorpe, Cindy Sherman, Raúl Corrales, colocaron la fotografía en sitios de significados y sentidos novedosos en el exclusivo campo del arte cuando pocos lo soñaban e imaginaban siquiera desde las academias y la historiografía. Estos y muchos otros nombres imposibles de relatar aquí fueron suficientes para estructurar una estética, singular, única, aunque acarreara a veces con presupuestos formales y conceptuales similares a los de la pintura, la arquitectura y la escultura surgidas cientos de años antes que esa moderna captación de imágenes a través de un lente.

La fotografía supo ubicarse en niveles de apreciación artística y cultural con ritmo impresionante hasta alcanzar hoy sobrados sitios en galerías, colecciones, museos y eventos a los que pertenece en igualdad de condiciones a las de otras expresiones estéticas sin discusiones bizantinas ya en torno a esto.

Independientemente de esa expansión formal y estructural que han hecho de ella un codiciado objeto conformado por múltiples apropiaciones, contaminaciones y cruzamientos, su condición documental, testimonial, sigue estando presente en muchas de sus grandes conquistas en busca de una mayor aceptación de públicos diversos: Ahí están para confirmarlo los fotorreportajes propios del periodismo visual que conocemos, gracias a lo cual comprendemos hoy mejor el mundo moderno y contemporáneo con sus guerras, fanatismos religiosos, celebraciones familiares, descubrimientos científicos y naturales, hambrunas, luchas de clases, revoluciones, modas, alegrías y tristezas individuales y colectivas. Si a esa condición documental, que ha convertido a algunas fotografías en símbolos de la cultura e historia de los siglos xix, xx y xxi, unimos el tratamiento consciente de luces y sombras, de espectacularidad escenográfica o sencillamente la añadidura de detalles capaces de ensalzar la belleza de esos “momentos únicos e instantes irrepetibles”, entonces estamos ante un acto de goce estético singular que merece la pena detenernos ante él.

Esa es la sensación que percibo al enfrentarme al conjunto de fotografías Carboneros, realizado por Yram Marrero Jiménez en ciertos parajes del Valle de los Ingenios que rodea la ciudad de Trinidad. Hasta esos enclaves poco habitados, durante casi tres meses dispuso de su tiempo y pasión para registrar la vida sobrellevada por esos hombres, mujeres y niños dedicados a la producción de carbón vegetal que ellos logran entresacar del abundante marabú regado por esa amplia zona semi montañosa al centro-de Cuba.

Yram convivió con ellos día y noche para descubrir los mejores planos de esos individuos, casi retratos, con sus dramáticas y reveladoras iluminaciones y, sustancialmente, las difíciles relaciones que establecen esos seres humanos con la naturaleza en precarias o satisfactorias circunstancias. Dotado de una sensibilidad extrema hacia esa inconsciente teatralidad que tales seres humanos experimentan, en los que el fuego, el humo, las nieblas, la ropa, las nubes y estrellas acumulados alrededor del horno como centro mayor de sus atenciones, Yram descubre poco a poco la importancia de esos detalles en que ellos no reparan, abstraídos como están por sacar el máximo provecho del marabú sometido a tanta llamarada necesaria.

Atento a sus miradas, a cada movimiento de sus brazos y piernas, al chisporroteo que emana de los hornos en pirámide, a la potente luz de los faroles chinos que les acompañan en las intensas jornadas nocturnas para ganarle tiempo al tiempo, este fotógrafo se deslizó entre todos ellos como serpiente a ras de suelo o los sobrevolaba como águila muy por encima: incluso llegó a retarlos de frente con su cámara en busca de una complicidad total para construir, desde esa  misma realidad abrumadora, las imágenes con que deseaba captarlo todo, decirlo todo, significarlo todo.

No se desesperó nunca: aguardaba cada momento idóneo para expresar lo que estos hombres y mujeres sienten al escuchar el crujido de los leños derrotados, convertidos ya en trozos de carbón útil, en potenciales fuentes de regocijo y sustento para sus familias.

Alrededor de 15 imágenes a color fueron para él suficientes como medio de expresión tratado en la exposición patrocinada por la galería de la revista Revolución y Cultura en la ciudad de La Habana, gracias al apoyo entusiasta y promocional de Alexis Triana (desde mucho tiempo atrás, por cierto) y varios de artistas y amigos de su natal Trinidad. No satisfecho a plenitud en lo bidimensional fotográfico, logró sorprender al visitante de la exposición con la inclusión de ciertos objetos utilizados por los carboneros en su trabajo: palas, rastrillos, horquetas, botas, zapatos, fragmentos de marabú virgen y de carbones, los cuales actuaron como elementos volumétricos contextuales a las imágenes ubicadas en las paredes.

Dominando lo digital en altísima definición, supo resaltar las texturas de esas pieles humanas curtidas por el calor, esas miradas de preocupación y asombro ante el hecho mismo de hornear, esa complacencia con los resultados, esas reminiscencias físicas surgidas de palear cenizas o atizar el fuego: cada detalle le sugería una solución formal diferente, una luz diferente, una composición diferente. Ninguna fotografía es similar a otra. Todas poseen un carácter irrepetible sometido a un nivel de extrañeza que sólo el buen arte es capaz de expresar.

Aunque toda fotografía, por lo general, congela en cierto modo el tiempo, las de Yram Marrero van más allá según manifiesta su crítico y curador Atner Cadalso pues sabe extraer esa “… energía necesaria almacenada en ese tiempo detenido…”

Tomadas en su mayoría a altas horas de la noche y auxiliadas por la escasa y puntual iluminación de los faroles acarreados por carboneros y familiares, esas imágenes asumen los altos contrastes de luces y de sombras como si hubiesen sido diseñados para un impresionante espectáculo teatral o pictórico pues develan un cuidadoso equilibrio entre claros y oscuros a la manera barroca de Rembrandt. Develan igualmente fantasmagorías propias de las pinturas negras de Goya y hasta rezagos del expresionismo alemán en el siglo xx. Hibridados, fundidos estos elementos, observamos un discurso fotográfico que entreteje redes lejanas de la historia del arte que Yram ha aprehendido con pasión y, por momentos, desmesura. Eso es posible, entre otras razones, por la manera de integrarse el artista a cabalidad en los escenarios y contextos sociales y culturales de su creación.

Yram nos devuelve con pulcritud formal y conceptual, y sobrada sensibilidad, lo más valioso de la histórica fotografía documental cubana siendo a la vez, y en ello radica su gran valor, ficción de su tiempo. Nuestra identificación con esas imágenes permite un mejor y más racional acercamiento a la vida cotidiana de un sector social de Cuba y al desarrollo fotográfico reciente marcado quizás por un afán ligero de experimentación u obsesionado por proponer una cierta deconstrucción parcial y total de la imagen sin profundidades conceptuales. O haciéndonos ver un descuido, más que evidente, hacia las composiciones tradicionales e históricas… como huyendo de ellas de manera desesperada sin que apenas se note

Sin temor alguno este fotógrafo trinitario rodeado él también, por supuesto, de esa extraordinaria arquitectura colonial donde nació y vive, y por esas montañas y valles dignos de atención, aparece en el panorama de la fotografía cubana con plenos derechos.

Sus preocupaciones estéticas rondan de igual modo las diversas modalidades del video y todo lo audiovisual pues a ello le dedica buena parte de su vida. Aun cuando había expuesto fotografía de manera fragmentaria en muestras colectivas, es en esta ocasión cuando dirige su objetivo hacia la profundización en temas y problemas que le conciernen muy especialmente. Y a nosotros también.

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