Esculturas de mantequilla en Barcelona puede sonar a provocación, pero en el espacio Rampa del Centre d’Art La Capella funciona como una pregunta seria sobre el arte contemporáneo: qué ocurre cuando una obra nace sabiendo que no está hecha para durar.
La exposición Perquè m’agrada viure aquí, del artista Mikel Adán Tolosa, forma parte de Barcelona Producció 2026 y puede visitarse en La Capella hasta el 5 de julio de 2026. Su punto de partida es tan sencillo como incómodo: sustituir los materiales clásicos de la escultura por una materia doméstica, frágil y perecedera como la mantequilla.
Ahí está el verdadero conflicto. La escultura se ha asociado históricamente a la permanencia, al peso, a la resistencia del mármol, la piedra, el bronce o el barro. Tolosa, en cambio, trabaja con un material que depende de la temperatura, de la luz, del entorno y del paso del tiempo. La obra deja de ser un objeto cerrado para convertirse en algo que cambia, se altera y se expone a su propia desaparición.
Las piezas, de carácter floral, no se limitan a buscar el efecto visual. En ellas conviven el deseo de permanencia y la evidencia de lo caduco. La mantequilla no es un simple recurso llamativo, sino el centro conceptual de la exposición: una materia que obliga a mirar la escultura desde su vulnerabilidad.
El arte que no quiere durar: materia, tiempo y memoria en La Capella
Lo más interesante de Perquè m’agrada viure aquí no está solo en ver esculturas hechas con mantequilla, sino en entender lo que ese material desestabiliza. Si una obra cambia con el ambiente, si necesita cuidados específicos, si su forma no está garantizada para siempre, entonces la escultura deja de ser monumento y se acerca más a la experiencia.
En ese sentido, el proyecto de Mikel Adán Tolosa conecta con una de las preguntas esenciales del arte contemporáneo: si el valor de una obra reside en su permanencia o en la intensidad de lo que activa mientras existe. La mantequilla introduce una fragilidad que no se oculta. Al contrario, se vuelve lenguaje. Lo que en otros materiales sería un problema de conservación, aquí forma parte de la obra.
La exposición también dialoga con un episodio poco conocido de la historia del arte: las esculturas de mantequilla realizadas por Manolo Hugué en sus años de juventud, piezas hoy desaparecidas que fueron utilizadas como reclamo publicitario. Tolosa recupera ese gesto y lo desplaza al museo, no para repetirlo, sino para preguntarse qué queda de una obra cuando su materia ya no existe.
La referencia no es menor. Permite cruzar arte, comercio, memoria y desaparición. Aquellas esculturas de Hugué no sobrevivieron, pero su rastro sigue generando pensamiento. En La Capella, la mantequilla vuelve a aparecer como una materia incómoda, situada entre lo doméstico y lo escultórico, entre lo blando y lo formal, entre lo cotidiano y lo institucional.
Además, la elección de formas vegetales introduce otra capa de lectura. Las esculturas remiten a especies del territorio catalán y establecen una relación entre fragilidad material y fragilidad natural. La obra no habla solo de la escultura, sino también de los ciclos, de los cuidados y de aquello que puede desaparecer si no se atiende.
Por eso estas esculturas de mantequilla en Barcelona no funcionan únicamente como una curiosidad expositiva. Son una forma de pensar el tiempo. Frente al arte entendido como objeto estable, la muestra propone aceptar la transformación como parte de la experiencia estética.
Quizá ahí reside su fuerza. En recordar que el arte no siempre necesita durar para ser relevante. A veces basta con que exista de una manera intensa, frágil y consciente de su propio final. Porque cuando la escultura se derrite, lo que desaparece no es necesariamente la obra: puede ser, precisamente, la idea antigua de que el arte solo vale si permanece.




