La hamburguesa lleva décadas formando parte del universo artístico contemporáneo. Ha aparecido en esculturas gigantes, fotografías convertidas en iconos, escenas míticas del cine, instalaciones contemporáneas y cuadros vinculados al pop art y al hiperrealismo. Lo que comenzó siendo una comida rápida asociada a los diners estadounidenses terminó convirtiéndose en un símbolo capaz de hablar de consumo, deseo, exceso, publicidad y vida cotidiana.
Cada 28 de mayo, coincidiendo con el Día Internacional de la Hamburguesa, vuelve a demostrarse hasta qué punto este alimento ha trascendido lo gastronómico para instalarse en el territorio del arte y de la cultura popular. Porque pocas imágenes explican mejor el siglo XX americano —y parte del XXI— que una hamburguesa iluminada por un neón.
¿Cómo se convirtió la hamburguesa en un icono del arte pop?
La relación entre hamburguesa y arte comenzó a consolidarse con el auge del pop art en los años sesenta, cuando artistas como Andy Warhol empezaron a convertir productos cotidianos en materia artística. Igual que sucedió con las latas de sopa Campbell o las botellas de Coca-Cola, la comida rápida pasó a representar una nueva forma de entender la cultura visual: accesible, masiva y profundamente ligada al consumo.
Una de las imágenes más recordadas de Warhol vinculadas al universo gastronómico aparece en 66 Scenes from America (1982), la película de Jørgen Leth en la que el artista aparece sentado frente a una cámara comiendo una hamburguesa de Burger King. No ocurre prácticamente nada. Y precisamente por eso la escena terminó convirtiéndose en un símbolo de la cultura pop y de la banalidad convertida en arte.
La hamburguesa dejó de ser solo comida rápida para convertirse en uno de los símbolos visuales más reconocibles de la cultura contemporánea.
Pero si alguien transformó la hamburguesa en un objeto artístico reconocible fue Claes Oldenburg. Su obra Floor Burger (1962), también conocida como Giant Hamburger, es una de las piezas más icónicas del pop art estadounidense: una enorme escultura blanda realizada con lona, gomaespuma, cartón y pintura acrílica. La obra forma parte de la colección del Art Gallery of Ontario, en Toronto, y fue presentada en el contexto de The Store, el proyecto con el que Oldenburg llevó los objetos de consumo cotidiano al terreno del arte monumental.
La hamburguesa también encontró su lugar en la pintura contemporánea. El hiperrealista Ralph Goings convirtió los diners estadounidenses, los mostradores de cafetería, las botellas de ketchup, los vasos de refresco y las hamburguesas servidas en restaurantes de carretera en parte central de su imaginario. Sus obras figuran en colecciones de instituciones como el Museum of Modern Art, el Whitney Museum of American Art y el Solomon R. Guggenheim Museum, entre otros museos estadounidenses.
Wayne Thiebaud, célebre por sus pinturas de tartas, helados, pasteles y escaparates de comida, también elevó los alimentos cotidianos a categoría artística desde una estética cercana al pop art. El San Francisco Museum of Modern Art recuerda precisamente su relevancia como pintor de dulces, pasteles y productos de consumo de los años cincuenta y sesenta, convertidos en naturalezas muertas de la era del consumo. Su obra está presente en importantes colecciones públicas, entre ellas los Fine Arts Museums of San Francisco.
A su alrededor, artistas como Mel Ramos, James Rosenquist o Tom Wesselmann incorporaron publicidad, consumo, marcas y comida industrial en muchas de sus obras, reforzando el vínculo entre arte contemporáneo y cultura de masas. La hamburguesa, como las sopas enlatadas, los refrescos o los envoltorios comerciales, pasó a formar parte de ese nuevo vocabulario visual de la sociedad de consumo.
Tom Sachs también incorporó la estética del fast food en varias de sus instalaciones, utilizando envases, marcas y productos asociados al consumo masivo como parte de su lenguaje artístico. Mientras, fotógrafos como David LaChapelle transformaron hamburguesas, refrescos y neones en imágenes saturadas de color que mezclaban publicidad, espectáculo y exceso visual.
La conversación entre comida y arte siguió evolucionando décadas después. En 2019, la obra Comedian de Maurizio Cattelan —el famoso plátano pegado a una pared con cinta adhesiva— reabrió el debate sobre el valor artístico de los objetos cotidianos y el consumo convertido en espectáculo. Mucho antes, el pop art ya había entendido que productos como una hamburguesa podían resumir toda una época.
También el arte urbano encontró en el fast food un símbolo reconocible. Banksy utilizó en varias ocasiones referencias visuales asociadas a las grandes cadenas alimentarias para cuestionar la homogeneización cultural y el capitalismo global. Incluso artistas vinculados al movimiento superflat, como Takashi Murakami, han trabajado la estética del consumo masivo y la cultura visual globalizada donde la hamburguesa aparece como un icono reconocible de deseo contemporáneo.
La hamburguesa terminó así entrando en museos, galerías, fotografías, esculturas, cuadros y películas como uno de los grandes símbolos visuales de la cultura contemporánea. Un objeto cotidiano convertido en icono artístico global.
¿Cuáles son las hamburguesas más famosas del cine y la cultura visual?
El cine también ayudó a convertir la hamburguesa en un icono cultural. A menudo aparece como un simple objeto cotidiano, pero en muchas películas termina funcionando como símbolo de poder, frustración, identidad o deseo.
Una de las escenas más famosas sigue siendo la de Pulp Fiction (1994), cuando el personaje de Jules, interpretado por Samuel L. Jackson, habla sobre hamburguesas antes de uno de los momentos más recordados de Quentin Tarantino. Aquella conversación aparentemente trivial terminó formando parte de la mitología del cine contemporáneo.
También en Falling Down protagonizada por Michael Douglas, la hamburguesa aparece como una crítica directa a la distancia entre la imagen publicitaria y la realidad. La escena del restaurante de comida rápida sigue siendo una de las secuencias más reconocibles del cine estadounidense de los noventa.
La hamburguesa tuvo igualmente un papel protagonista en producciones como Good Burger, Bob’s Burgers o The Founder, centrada en el nacimiento del imperio McDonald’s y en cómo la comida rápida redefinió parte de la cultura estadounidense del siglo XX.
Mucho antes, la estética de los diners ya había influido en fotógrafos, diseñadores y cineastas fascinados por la iconografía urbana norteamericana: barras cromadas, cafeteras metálicas, ketchup, luces de neón y hamburguesas servidas sobre bandejas que terminaron formando parte de la construcción visual del llamado sueño americano.
Incluso la pintura de Edward Hopper, aunque nunca centrada específicamente en hamburguesas, ayudó a construir esa atmósfera visual de cafeterías nocturnas y espacios urbanos vinculados al imaginario gastronómico americano que más tarde heredaría el cine.
La publicidad, el diseño gráfico y el arte urbano terminaron consolidando la hamburguesa como uno de los grandes símbolos visuales de la cultura popular contemporánea. Una imagen instantáneamente reconocible en cualquier parte del mundo.
Quizá por eso sigue funcionando tan bien dentro del arte contemporáneo. Porque habla de algo profundamente cotidiano. Todos reconocemos una hamburguesa. Todos tenemos una imagen asociada a ella. Y precisamente ahí empieza también el poder de los símbolos culturales.
