Madrid acogió una de esas conversaciones culturales que ayudan a entender hacia dónde se está desplazando el arte contemporáneo. En el Festival de Cultura y Tecnología celebrado en Infinito Delicias, la inteligencia artificial dejó de presentarse como una simple herramienta tecnológica para entrar en diálogo con la arquitectura, el espacio público y la experiencia física del espectador.
El evento tuvo lugar los días 1 y 2 de mayo de 2026 en el Auditorio Daniel y Nina de Infinito Delicias, en el barrio madrileño de Arganzuela. Su programa reunió a artistas, pensadores y proyectos culturales para reflexionar sobre los impactos de la IA, su coste ambiental, su concentración de poder y su capacidad para transformar el trabajo, la educación, la política, los afectos y la vida colectiva.
Lo interesante no fue únicamente la presencia de artistas que trabajan con algoritmos, sistemas generativos o nuevos lenguajes digitales. También importó el lugar donde ocurrió. Infinito Delicias no funciona como un espacio expositivo convencional, sino como un centro cultural pensado para la convivencia, la innovación social y la experimentación ciudadana. Ese matiz cambia por completo la lectura del festival.
Cuando el arte digital necesita cuerpo, espacio y arquitectura
Durante mucho tiempo, el arte digital se leyó como una práctica desmaterializada, asociada a pantallas, códigos, renderizados y experiencias virtuales. Sin embargo, una parte importante de la creación contemporánea está trabajando en sentido contrario: devolver cuerpo, escala y contexto físico a lo digital.
Ahí encajan propuestas como las de Calin Segal, cuya instalación interactiva Susurros aborda la influencia algorítmica, las cámaras de eco y la economía de la ira. Su trabajo utiliza la IA y la computación no como espectáculo autónomo, sino como medio crítico para hacer visibles las infraestructuras que condicionan la percepción pública y la conversación digital.
También Andrea Muniáin y Paula Ramos aportaron una lectura especialmente relevante en torno al gesto digital y la condición casi mágica de la tecnología. Su participación permitió situar la IA dentro de una genealogía más amplia, vinculada a la historia de la robótica, los autómatas y las formas en que la ciencia y la ilusión han construido relatos sobre el mundo que habitamos.
En ese contexto, la arquitectura no actúa como fondo. El edificio de Infinito Delicias, ubicado en la calle Juana Doña, introduce una dimensión material y urbana que resulta fundamental. La tecnología no aparece aislada en una sala neutra, sino dentro de un espacio pensado para activar comunidad, intercambio y pensamiento colectivo.
La arquitectura como respuesta cultural a la inteligencia artificial
Quizá lo más interesante del festival es que desplaza el debate sobre la inteligencia artificial fuera del territorio habitual. Normalmente, la conversación pública sobre IA se mueve entre fascinación tecnológica, productividad, automatización o miedo. Aquí, en cambio, la pregunta deja de ser solo qué puede hacer la tecnología y pasa a ser cómo queremos convivir con ella.
Ese cambio no es menor. Cuando una instalación basada en inteligencia artificial, una performance audiovisual o una conversación sobre infraestructuras digitales se presentan en un espacio concebido para la cultura, la proximidad y la cooperación, la tecnología deja de entenderse como destino inevitable y empieza a leerse como campo de disputa cultural.
El programa incluyó ponencias, conversaciones, microteatro, performance audiovisual, una biblioteca de bolsillo sobre IA y propuestas como IA de Barrio, orientada a imaginar usos accesibles de la inteligencia artificial para iniciativas sociales, vecinales y activistas. Esa dimensión comunitaria es clave: el festival no planteó la IA como asunto exclusivo de expertos, sino como una cuestión que afecta a la vida cotidiana.
La presencia de voces como Francesca Bria, Marina Otero, Antonio Lafuente, Bani Brusadin o Marga Padilla reforzó esa mirada crítica sobre soberanía digital, infraestructuras tecnológicas, movimientos sociales y poder algorítmico. El comisariado de Pablo de Soto terminó de articular un programa donde la cultura funcionó como espacio para abrir preguntas incómodas sobre el presente tecnológico.
En el fondo, lo que plantea este diálogo entre arquitectura, arte digital e inteligencia artificial es algo más profundo que una tendencia cultural. Habla de cómo el arte contemporáneo está intentando recuperar una experiencia compartida del espacio físico en un momento en el que buena parte de nuestra vida se desplaza hacia sistemas automatizados, plataformas y entornos sintéticos.
Quizá el verdadero reto de la inteligencia artificial no sea generar imágenes, textos o avatares cada vez más sofisticados. Quizá el reto sea aprender a convivir culturalmente con ella. Y en ese punto, espacios como Infinito Delicias muestran que la arquitectura, el arte y la ciudad todavía tienen mucho que decir.




