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Antonio Vidal, raro explorador de la realidad
24January

Antonio Vidal, raro explorador de la realidad

El desaparecido maestro Antonio Vidal, Premio Nacional de Artes Plásticas 1999, uno de los más reconocidos abstractos del 50, integrante del mítico grupo de Los Once, fundador del Taller Experimental de la Gráfica y profesor de pintura durante más de 20 años en la ENA, regresa al Museo Nacional de Bellas Artes, en sus pinturas, esas que fueron reflejo de todo aquello que construyó en la realidad desde adentro.

Se trata de la exposición El paseante solitario (curada por los especialistas Roberto Cobas/Yahima Rodríguez) abierta en una de las salas transitorias de la institución dedicada al arte cubano, en La Habana Vieja, en la que salen a la luz nuevamente cerca de 30 óleos, grabados, collages, acuarelas y tintas fechadas entre 1952/1991, así como 12 esculturas en hierro de la década de los años 80.

Antonio Vidal fue siempre fiel a la abstracción, que resultaba su manera de responder al mundo interno y asumir el precio de algo que al cabo del tiempo le enriqueció y alimentó sus interiores. Deambulando ahora, con la mirada por sus obras, -la mayor parte pertenecientes a las colecciones del MNBA, y a la de su esposa Gladys Domínguez-, emergen claramente diversas cualidades: delicado tratamiento de las formas, un claro sentido del límite que lo aleja de lo decorativo,  la economía del color, y como constante, la búsqueda de la textura sobre disímiles superficies. Mirar sus cuadros es alcanzar, reunidos en la tela o el papel, jirones de color, disímiles formas con las que logra una composición y un diseño atrevido. Mientras que en sus esculturas mantuvo los “tintes” abstractos en una simbiosis de líneas, y formas sintetizadas que hablan de su prominente fertilidad imaginativa.

Como en un jeroglífico personal, Antonio Vidal, trabajó con los elementos del diseño visual de tal forma que parecen reflejar estructuras presentes en la naturaleza (alusiones a paisajes, fenómenos naturales, formas orgánicas y materiales, diversas variantes de iluminación....). La línea, el color, el área, la textura, el volumen y el ritmo... son vocablos de un lenguaje particular con el que podía hablar (pintar) desde las superficies.. Es que la plástica abstracta puede llegar a actuar, a semejanza de la música, como una imitación directa de las sensaciones morales, decía Aristóteles.

Desde el verso, el poeta y pintor Fayad Jamís  dibujó, hacia 1967, al maestro en estas palabras: “Sólo puedo decir que eres un raro explorador de la realidad: palpas las cosas como un médico, acaricias la corteza de los árboles, la piel que va envolviendo la vida... acaso buscas en la superficie de lo que miras el secreto de lo que no podemos imaginarnos... Parece que nunca perderás la costumbre de conquistar pedazos de ventanas, y de pintar, pintar...”.

En un diálogo sostenido con el maestro hace años comentó: ¿Siempre ha sido fiel a la abstracción? Revisa con la vista algunas de sus obras que lo rodean en el estudio y dice: “Desde el principio pintaba abstracciones geométricas, pero comprendí que me limitaba. Luego se vistió de expresionismo, informalismo o action painting. Siempre ha sido un ir y venir. Retomo elementos que abandono y vuelvo sobre ellos. Es una evolución. Por eso mucha gente dice que hago el mismo cuadro”. Una sonrisa aflora en su rostro, y categórico afirma: “Yo sé muy bien que no lo es. Hay sutilezas que voy incorporando. En todo momento uno no se siente igual. Sí, soy  fiel a la abstracción…”. Hay mucho gusto en la composición, y limpieza en el acabado y la técnica. “Soy perfeccionista y muy exigente, y trato de que cada elemento no sea un símbolo sino una sensación. Al ver mis obras parecen hechas rápidamente pero son ‘una suma de destrucciones’, como dijera Picasso.