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Crónica de un cronista crónico
17June

Crónica de un cronista crónico

Veinte periodistas y narradores de toda Cuba se reunieron en el centro del país en el capítulo dos del proyecto «Sin la espuma del olvido», en una especie de festival-encuentro-fiesta-qué se yo cómo llamarle que tiene por título Cronistas Crónicos y que constituye hoy por hoy —en esto no se le ocurra llevarle la contraria a los participantes— uno de los convites más divertidos que se realizan en el archipiélago cubano, un rara avis donde el público —que «pone la gracia», como reza el segundo lema del evento— goza, reflexiona y hasta llora con lo que allí, en la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Villa Clara, se lee.

Esta vez fueron convocados —los menciono por orden alfabético para evitar preferencias— Mayrín Artega, Alexis Castañeda Pérez de Alejo, Reinaldo Cedeño, Norberto Codina, Mauricio Escuela, Laidi Fernández de Juan, Jorge Fernández Era, José Antonio Fulgueiras, Alberto González Rivero, Rafael Grillo, Amador Hernández, Pedro de la Hoz, Eduardo del Llano, Luis Lorente, Lorenzo Lunar, José Ernesto Nováez, José Aurelio Paz, Luis Pérez Pérez, Ricardo Riverón y Arístides Vega Chapú.

Oigan lo declarado por José Aurelio Paz —Premio Nacional de Periodismo José Martí— a nombre de «los veinte»: «La crónica es ese país infinito que se nos desdibuja en las manquedades diarias».

Anótensele los méritos organizativos a un grupo de entusiastas encabezados por ese incansable que lleva por nombre Ricardo Riverón, a quien se le debe también la compilación de la primera antología oral de la crónica cubana, que en forma de libro fue presentada en el Foro Agesta de la Uneac de Santa Clara junto a la edición 45 de la revista Arte por Excelencias. A él se le debe además el que ese oasis de buen gusto, esmerada atención y calidad en los servicios que lleva por nombre Hotel Central se convirtiera durante cuatro días en subsede de las tertulias culturales y de todo tipo que trajo aparejado el banquete literario.

En un aparte con Riverón recogimos conceptos clave para entender el porqué de Cronistas Crónicos: «El primer objetivo del evento fue recuperar al público, y el segundo renovar los formatos literarios, que están agotados por repetición y proliferación. Nos propusimos un encuentro que fuera totalmente distinto e involucrara a los asistentes con un género que es ameno y soporta la lectura oral. Las cuatro sesiones fueron de casi tres horas y la gente no se fue. Esa oralidad pasa después al papel, por eso “Sin la espuma del olvido”, porque las palabras no se las lleva el viento. Las personas que traemos aquí tienen carisma y poder de comunicación capaces de cautivar y enamorar al público. El ambiente fraterno que impera en Cronistas Crónicos es una cualidad que no se encuentra tan a diario». Y dialogó sobre la importancia de la crónica cuando se habla de identidad: «La memoria se puede escribir en crónica, como se puede escribir en crónica el proyecto de la nación utópica a la que aspiramos: sus realizaciones, sus descalabros… Es una nación que trata de construirse a sí misma sobre la base de la cultura. La crónica puede reforzar el sentido de pertenencia a nuestro modo de ver la vida».

Un pulover con el logo del evento —detalle que forma parte de su bien concebido diseño gráfico— constituyó en cada jornada el elemento que «echaba para alante» a los encargados de sentarse ante el micrófono a leer sus tres crónicas para que luego el público escogiera por votación secreta cuál de ellas irá en los próximos meses a imprenta para formar parte de la segunda entrega de la antología Cronistas crónicos. Otro sufragio —este a cargo de los propios participantes— se encargó de elegir las tres mejores. Oro: «Me quedo conmigo», de Laidi Fernández de Juan; plata: «La brigada del meao», de Ricardo Riverón; bronce: «Hasta que la muerte los separe», de Amador Hernández.

«Lo más importante —declaró Laidi tras recibir su premio— es reunirnos, reencontrarnos, descubrir nuevos rostros, seguir legitimando la crónica como el género literario profundo que sigue siendo. Todos estamos a la vez, como decía Mañach, enamorados y disgustados con nuestro entorno; cuando se le quiera tomar el pulso a un país, léase a sus escritores costumbristas». Más adelante, en exclusiva para Arte por Excelencias, abundó: «Cuba tiene una gran tradición en literatura costumbrista, que, lamentablemente, amenaza con desaparecer. Un evento de esta magnitud nos permite comprobar la vitalidad de ese género. Es una necesaria confrontación no solo con el pasado, sino también con esa Cuba a la que queremos ir».