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Mullholland Drive, entre los sueños y la realidad
17February
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Mullholland Drive, entre los sueños y la realidad

Mullholland Drive y su lógica onírica 

Tras su estupenda película The Straight Story (1999), en la que aparcaba sus atmósferas más visitadas para acercarse a formas de expresión que recordaban a John Ford, David Lynch nos introduce de nuevo en sus mundos, sus personajes, sus excentricidades, sus misterios y sus inquietudes, con el filme de 2001, Mullholland Drive. Con gran solidez argumental, Lynch nos muestra sus percepción sobre el surrealismo que rodea nuestra cotidianidad y las ilusiones del ser humano.

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La película parece que sigue una narración coherente, utilizando de manera magistral un narrador subconciente en segunda persona en todo el metraje que corresponde al sueño de Diane (Naomi Watts), la protagonista del filme. Pero después de la visita al Club Silencio se destapa toda la verdad, los personajes se reinventan a sí mismos, el tiempo desaparece y lo que parece un sueño se acaba convirtiendo en una pesadilla para la protagonista.

Lo más impactante de Mullholland Drive es la lógica onírica con la que está constituida, en la que todos los elementos del filme están “conectados” de una manera enigmática, siempre dejando un margen para que el espectador pueda profundizar en los numerosos detalles de la película, lo que la convierte en un estilo de cine para espectadores activos.

 

Fotograma de Mullholland Drive. Mujeres tomadas de las manos

 

Lynch, en una de sus propuestas cinematográficas más arriesgadas, nos hace sentir partícipes de sus sueños, convirtiéndolos en pasajes oníricos compartidos, cuya interpretación se subjetiviza partiendo siempre del cúmulo de emociones percibidas por el asistente a la sala. Este recorrido hipnótico con diversas claves genéricas donde hallamos acotaciones eróticas, grotescas y satíricas, está además muy bien interpretado por sus dos principales protagonistas femeninas, Naomi Watts y Laura Harring.

Mullholland Drive se nos presenta de un modo más críptico que nunca, mucho más onírico que de costumbre (que ya es difícil) y más personal que en cualquiera de sus más personales entregas. Tras una primera hora realmente maravillosa (en todos los sentidos) en la que se nos presentan secuencias inconexas que agarran al espectador a base de suspense y misterio, apareciendo y desapareciendo un sentimiento o una emoción casi de la misma manera en que aparecen y desaparecen los personajes, nos vemos inmersos en una segunda hora donde casi todos los elementos dramáticos y narrativos adquieren sentido.

Mullholland Drive, pistas y disgresiones 

En Mullholland Drive aparecen escenas de digresión como la del mendigo, la vida personal del director de cine o los asesinatos efectuados por el matón, que no tienen un sentido argumental ni en el sueño ni en la realidad, pero que no le restan en lo absoluto a la espectacularidad de la historia. También se presencian pistas importantes para la comprensión de algunos momentos en la película, como por ejemplo la llave azul, que es la clave del crimen; y el cenicero que nos revela si estamos ante un flashback o no. La escena del Club Silencio nos manifiesta lo que hasta ahora hemos visto: un mundo de ilusiones creado por Diane, que está deprimida y bastante despechada por su amada, Camilla, por eso la interpretación de la canción Llorando.

Diane, al encontrarse con sus sueños y sus temores, nos lleva a un punto donde se pierden el tiempo y la consciencia. El filme, de manera general, nos muestra dos historias: una real y otra de sueños, una de temores y otra de ilusiones, una de amor y otra de desamor. El espectador debe entonces decidir cuál de las dos escoger y cuándo tomar la carretera a Mullholland Drive.

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