Hay gestos que repetimos sin pensar. Nombrar las cosas es uno de ellos. Decimos “esto es así”, “esto significa esto otro” y seguimos adelante. Pero, ¿y si ese acto aparentemente neutro fuera en realidad una forma de construir —y limitar— la realidad?
Esa es la idea que atraviesa la nueva exposición de Mariela Scafati en el Centro de Cultura Contemporánea Condeduque, en Madrid, una propuesta que no busca ser cómoda ni rápida de consumir. Aquí no hay una historia cerrada ni un recorrido evidente: hay preguntas.
Y una especialmente incómoda que aparece casi desde el inicio: ¿hasta qué punto usamos las palabras… o las palabras nos usan a nosotros?
Un arte que no se mira, se interpreta y a veces incomoda
Lo primero que sorprende en la obra de Scafati no es la forma, sino la sensación de que todo tiene doble lectura. Sus piezas combinan pintura, telas, estructuras colgantes y textos que aparecen como fragmentos, casi como si fueran pensamientos interrumpidos.
No hay una única manera de recorrer la exposición. De hecho, cada visitante construye la suya propia. Algunas obras parecen directas, pero al detenerse un poco más empiezan a abrir otras capas: lo político, lo identitario, lo colectivo.
El uso del textil no es casual. Tradicionalmente vinculado a lo doméstico, aquí se convierte en soporte de mensajes que cuestionan estructuras más amplias. Es un cambio de contexto que transforma también el significado.
Y en medio de todo, el lenguaje. Presente, pero inestable. A veces claro, a veces ambiguo. Siempre invitando a dudar.
Madrid abre espacio a discursos que no buscan respuestas fáciles
En una ciudad con una oferta cultural cada vez más amplia, propuestas como esta destacan precisamente porque no intentan agradar a todo el mundo. No hay espectacularidad evidente ni impacto inmediato: hay reflexión.
El papel de Condeduque resulta clave en este sentido. Su programación ha ido consolidándose como un punto de encuentro para prácticas contemporáneas que cruzan disciplinas, territorios e ideas.
La exposición de Scafati encaja en esa línea: no se limita a mostrar obra, sino que plantea una conversación abierta sobre cómo construimos significado en lo cotidiano.
Al salir, no hay una conclusión cerrada. Pero sí una sensación clara: que algo tan simple como poner nombre a las cosas quizá no sea tan inocente como parece.
Y que, tal vez, entender el mundo empieza por cuestionar cómo lo nombramos.
