Una pequeña criatura de orejas puntiagudas, dientes afilados y gesto travieso se ha convertido en uno de los objetos más deseados del coleccionismo actual. Se llama Labubu, nació de la imaginación del artista Kasing Lung y su éxito obliga a mirar de nuevo una pregunta que el arte contemporáneo lleva décadas planteando: ¿dónde termina el juguete y dónde empieza el objeto cultural?
La escena se repite en distintos lugares del mundo. Adultos que esperan nuevos lanzamientos, coleccionistas que buscan ediciones concretas, vitrinas domésticas organizadas con el mismo cuidado con el que antes se colocaban porcelanas, grabados o pequeñas esculturas. A simple vista, Labubu podría parecer una moda más de consumo rápido pero, su recorrido cuenta una historia bastante más interesante.
El personaje forma parte del universo The Monsters, creado por el artista hongkonés Kasing Lung. Su aspecto combina ternura y rareza: no es exactamente adorable, tampoco amenazante. Tiene algo de criatura escapada de un cuento infantil y algo de icono pop diseñado para una generación acostumbrada a convivir con imágenes, pantallas, objetos de autor y comunidades digitales.
Ese es el quid de la fama, Labubu no triunfa solo porque sea reconocible sino porque resulta difícil de encasillas. Y en una época en la que las fronteras entre arte contemporáneo, diseño, ilustración, moda y cultura popular son cada vez más porosas, esa indefinición se ha convertido en parte de su atractivo.
Cuando coleccionar deja de ser acumular objetos
Durante mucho tiempo, el coleccionismo se asoció a la pintura, la escultura, los libros raros, las antigüedades o los objetos patrimoniales. Hoy, sin embargo, muchos coleccionistas encuentran interés en piezas producidas en serie, pero cargadas de identidad visual, relato y pertenencia como Labubu
Su éxito no tiene una lógica básica, ni tampoco puede medirse desde la simple idea de viralidad. Quien colecciona Labubu no busca solo poseer una figura, busca formar parte de este mundo del coleccionismo. Hay nostalgia, juego, deseo, comunidad y una forma de reconocimiento entre quienes comparten el mismo código estético.
En ese sentido, Labubu conecta con una tradición que viene de lejos: la de los objetos pequeños que terminan diciendo mucho de la época que los produce. En otros siglos fueron miniaturas, cajas, grabados, porcelanas o exvotos. En el siglo XXI pueden ser figuras de vinilo, ediciones limitadas o personajes nacidos de la ilustración y convertidos después en objeto de culto.
“Labubu no ha cambiado la forma de fabricar juguetes; ha cambiado la forma en que muchos adultos entienden qué objetos merecen ser conservados.”
La relación con Pop Mart multiplicó su alcance internacional y situó al personaje dentro del circuito de los llamados designer toys, piezas coleccionables que se mueven entre el diseño de autor, la cultura pop y el arte seriado. Pero sería injusto reducir el fenómeno a una estrategia comercial. Lo que resulta verdaderamente llamativo es la intensidad emocional que el personaje ha generado.
Labubu funciona porqueno ha pedido permiso para entrar en el territorio de la cultura. Lo ha hecho desde fuera, desde un lugar aparentemente menor, y precisamente por eso incomoda a quienes todavía necesitan separar con claridad lo artístico de lo popular.
La larga historia de los objetos que terminaron siendo arte
La pregunta sobre si Labubu es arte o juguete no aparece en vano. El arte del último siglo se ha construido, en buena medida, sobre la sospecha hacia esas categorías cerradas.
Marcel Duchamp convirtió un objeto cotidiano en una declaración artística. Andy Warhol hizo de los productos comerciales una imagen central del arte moderno. Takashi Murakami mezcló sin pudor museo, manga, mercado y lujo. KAWS llevó personajes de estética cercana al juguete hasta galerías, subastas e instituciones culturales.
Labubu no ocupa exactamente el mismo lugar que esos artistas, ni necesita hacerlo. Pero su éxito dialoga con esa misma historia: la de los objetos que cruzan de un campo a otro y obligan a revisar nuestras certezas.
Quizá lo más interesante no sea decidir si Labubu debe entrar o no en el museo. La cuestión real es otra: por qué un personaje nacido de la ilustración ha conseguido despertar en tantos adultos un deseo de posesión, cuidado y exhibición parecido al que tradicionalmente se asociaba al coleccionismo artístico.
La respuesta tiene que ver con la manera en que consumimos cultura hoy. Las imágenes ya no viven solo en cuadros, libros o pantallas. También se convierten en objetos, accesorios, figuras, ediciones limitadas y señales de identidad. Lo visual se toca, se compra, se intercambia y se muestra. El coleccionismo contemporáneo ya no siempre empieza en una galería; a veces empieza en una caja de cartón cerrada, en una tienda especializada o en una comunidad digital.
Por eso Labubu merece atención más allá de la anécdota. No porque todas sus figuras deban considerarse obras de arte, sino porque su fenómeno revela una transformación cultural real. Habla de cómo se construye el gusto, de cómo se generan comunidades estéticas y de cómo los objetos aparentemente ligeros pueden terminar cargados de significado.
Tal vez Labubu nunca necesite una sala permanente en un museo para ser culturalmente relevante. Su lugar está en una zona intermedia, incómoda -para algunos- y muy contemporánea, donde conviven arte, diseño, juguete, mercado y emoción.
Quizá la pregunta ya no sea si Labubu es arte o juguete, sino por qué seguimos empeñados en creer que ambas cosas no pueden convivir en un mismo objeto.
