Hay veranos artísticos que se recuerdan por una gran exposición y 2026 entiende mejor como una conversación entre varias salas. En Bilbao, Madrid y de nuevo Madrid, tres nombres muy distintos —Ruth Asawa, Carmen Laffón y Felix Gonzalez-Torres— proponen una lectura poco evidente del presente: el arte como tejido, como variación y como pérdida compartida. Tres exposiciones, tres formas de trabajar con lo frágil, tres maneras de demostrar que una obra no siempre necesita imponerse para quedarse.
La ruta empieza en el Guggenheim Bilbao, donde Ruth Asawa: Retrospectiva recorre seis décadas de una artista que convirtió el alambre, el papel, el barro, el bronce y la educación en un mismo campo de trabajo. Continúa en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, con Carmen Laffón. Variaciones, una exposición que devuelve a la artista sevillana al centro de la pintura española desde los objetos cotidianos, el paisaje y la luz casi abstracta de Doñana, Sanlúcar y las salinas. Y desemboca en el Museo Reina Sofía, donde Felix Gonzalez-Torres. Dulce venganza reúne una obra hecha de caramelos, papeles, luces, amor, duelo y política.
Lo interesante no es solo que sean tres de las exposiciones más interesantes del verano en España. Es que juntas permiten mirar una zona "con menos ruido" del arte contemporáneo. Un espacio en el que la intensidad no depende del tamaño, sino del modo en que una obra cambia el espacio que ocupa y la memoria de quien la mira.
Asawa y Laffón: dos formas de mirar lo cotidiano hasta volverlo extraño
Ruth Asawa llega al Guggenheim Bilbao con una retrospectiva que se despliega en diez secciones y atraviesa una trayectoria de seis décadas. La exposición reúne sus célebres esculturas suspendidas de alambre, piezas inspiradas en la naturaleza, trabajos en barro y bronce, papel plegado, pinturas, dibujos, cuadernos y grabados. El recorrido no presenta a Asawa como una artista de una sola imagen reconocible, sino como una creadora que hizo del ensayo, la repetición y la vida diaria una forma de pensamiento visual.

Su obra tiene algo de paradoja. Parece ligera, pero exige atención. Parece transparente, pero ocupa el espacio con una autoridad silenciosa. Las esculturas de alambre no se limitan a colgar: dibujan en el aire, atrapan sombras, convierten el vacío en materia. En un museo tan marcado por la arquitectura como el Guggenheim Bilbao, esa cualidad adquiere un sentido especial. Asawa no compite con el edificio; lo atraviesa con otra escala, más doméstica, más manual, más paciente.
La artista estadounidense, nacida en 1926 y fallecida en 2013, integró creación, educación y activismo comunitario. Esa dimensión resulta decisiva para entender la exposición. Asawa no separaba la práctica artística de la vida ni el museo de la enseñanza. Su obra permite atraer búsquedas muy actuales sobre mujeres artistas, escultura contemporánea, arte textil, educación artística y abstracción orgánica, pero evita quedar reducida a una etiqueta. Lo que aparece en sus piezas es una pregunta más antigua y más difícil: cuánto puede decir una forma cuando se libera del peso de la monumentalidad.
En el Thyssen, Carmen Laffón plantea otro tipo de silencio. Variaciones reúne 77 obras —óleos, carboncillos y esculturas— organizadas en nueve secciones dedicadas a motivos recurrentes de su obra: la muñeca Marcelina, la cuna, los cestos, los armarios, el Coto de Doñana, las viñas, la cal y las salinas. El museo la presenta como la primera gran exposición dedicada a la artista desde su fallecimiento en 2021, y esa condición le da al recorrido un tono de reparación serena.

Laffón miró durante décadas objetos y paisajes que podrían parecer menores: una cesta, una máquina de coser, una azotea, una viña, una extensión blanca de cal o sal. Pero en su pintura nada es anecdótico. Lo cotidiano se vuelve insistente, casi musical. Las formas regresan con pequeñas diferencias, como si la artista supiera que un mismo motivo nunca se repite igual cuando cambian la luz, la distancia o el estado de ánimo.
La exposición permite leer su evolución desde una figuración de raíz realista hacia una pintura cada vez más despojada, próxima a la abstracción sin perder del todo el vínculo con el lugar. Esa tensión es una de sus grandes modernidades. Laffón no necesitó romper con el mundo visible para transformarlo. Lo fue velando, afinando, reduciendo hasta que el paisaje dejó de ser solo paisaje y empezó a comportarse como memoria.
Felix Gonzalez-Torres: la belleza como herida abierta
El tercer vértice de esta ruta es Felix Gonzalez-Torres, cuya exposición en el Reina Sofía tiene una carga biográfica, política y emocional difícil de igualar. Dulce venganza es la primera presentación a gran escala en Madrid de la obra del artista estadounidense de origen cubano, nacido en 1957 y fallecido en 1996. La muestra ocupa la planta 1 del Edificio Sabatini y está comisariada por Alejandro Cesarco y Nancy Spector.
El título no es un adorno. Remite a “Untitled” (Revenge), una escultura de caramelos azules que Gonzalez-Torres presentó en Madrid en 1991, al regresar a la ciudad después de casi dos décadas. El Reina Sofía utiliza esa idea de “dulce venganza” como una herramienta para acercarse a una obra atravesada por la contradicción: presencia y ausencia, amor y pérdida, belleza y enfermedad, participación y desaparición.
Sus montones de caramelos, pilas de papel, cortinas, guirnaldas de luces y vallas publicitarias poseen una cualidad inquietante. Pueden parecer mínimos, incluso amables, pero cambian cuando el visitante comprende que muchas de esas obras están pensadas para ser tocadas, tomadas, repartidas, repuestas o modificadas. La pieza no se conserva intacta como un objeto cerrado. Se transforma con cada gesto del público.

Esa forma de trabajar hace que Gonzalez-Torres siga siendo profundamente actual. En un momento saturado de imágenes rápidas, sus obras obligan a pensar en la circulación, la pérdida, la intimidad y la responsabilidad del espectador. No ofrecen un mensaje directo, pero construyen un lugar donde lo personal y lo político se vuelven inseparables. Su obra, marcada por el contexto de la crisis del sida y por la muerte de su pareja, convierte el duelo en una forma de presencia.
Reunidas en una misma lectura de verano, Asawa, Laffón y Gonzalez-Torres no forman una tendencia fácil. No comparten generación, país, materiales ni biografía. Pero sí comparten algo más delicado: la capacidad de hacer visible lo que normalmente se escapa. Asawa dibuja el aire. Laffón pinta el tiempo detenido en los objetos. Gonzalez-Torres convierte la ausencia en una forma que se reparte.
En términos de agenda cultural, son tres exposiciones imprescindibles. En términos de experiencia, son algo más raro: una invitación a bajar el volumen. Frente a la idea de que el verano artístico debe ser ligero, estas muestras proponen lo contrario. Mirar despacio, aceptar la fragilidad, dejar que una obra no se explique del todo. A veces, el arte contemporáneo más poderoso no es el que grita primero, sino el que sigue resonando cuando ya hemos salido del museo.
Para quienes buscan exposiciones de arte en España en 2026, esta ruta ofrece tres entradas muy distintas al mismo problema: cómo seguir mirando cuando todo parece demasiado visto. En Bilbao, Asawa convierte el alambre en respiración. En Madrid, Laffón devuelve espesor a la luz cotidiana. Y también en Madrid, Gonzalez-Torres recuerda que una obra puede ser al mismo tiempo caramelo, herida, amor y despedida.
