Por: Vicente González
En el panteón de las bellas artes, la pintura de paisaje ha sido tradicionalmente dominio de la tierra firme. Sin embargo, existe una disciplina que desafía este convencionalismo, una que sustituye la brisa por la corriente y la luz solar por el espectro de Prusia: la pintura submarina. Con más de 150 años de historia, esta técnica ha pasado de ser una rareza de gabinete a una potente expresión artística, y hoy, su máximo exponente a nivel mundial es el pintor, naturalista y poeta catalán Alfonso Cruz.
La historia de pintar in situ bajo el agua comenzó de manera tan ingeniosa como arriesgada. El mérito del primer registro histórico le corresponde al Barón austríaco Eugen von Ransonnet-Villez (1838-1926), quien en 1865, frente a las costas de Ceilán, descendió en una rudimentaria campana de buceo para capturar la realidad del arrecife sobre un lienzo. Fue un acto de exploración científica y artística sin precedentes.
La antorcha de este arte, sin embargo, fue recogida por el visionario Walter "Zarh" Pritchard (1866-1956). Este artista escocés, fascinado por los "cuentos de hadas de las profundidades", perfeccionó la técnica al sumergirse con escafandra, utilizaba piel de cordero engrasada como lienzo y se sentaba en el lecho marino para pintar rodeado de la vida oceánica. Sus obras, alabadas por naturalistas y museos, demostraron que el lienzo no necesitaba oxígeno para ser inmortal.
Alfonso Cruz: pintar el paisaje desde el fondo del mar
Si la historia de la pintura submarina tiene un capítulo dorado en el siglo XXI, este está escrito por Alfonso Cruz (Terrassa, 1958). Buzo profesional formado en la Escuela de Buceo de la Armada en Cartagena, Cruz posee un dominio del medio líquido que pocos artistas pueden ostentar. Lejos de ser un mero espectador, su técnica es un acto de simbiosis con el entorno.
Tras una exitosa etapa en el hiperrealismo, en 1992 Cruz dio un giro a su carrera para adentrarse en esta técnica minoritaria. Su método es el resultado de dos décadas de investigación. Un lienzo tradicional, impermeabilizado con una capa de clorocaucho, se convierte en el soporte. En el agua, con la espátula como única herramienta, aplica directamente sobre ese lienzo óleo, una pintura grasa que no se disuelve y que él extiende con la precisión que pudiera exhibir un maestro pastelero.
La logística es compleja. A profundidades de entre 12 y 15 metros, Cruz puede trabajar hasta noventa minutos; si desciende a los 30 metros, el tiempo se reduce a media hora para evitar la descompresión. Cada inmersión es una carrera contra el reloj y las condiciones de cada sitio. Alfonso ha pintado en enclaves muy emblemáticas del planeta: el mar Mediterráneo, las Islas Cíes en el océano Atlántico, el Caribe cubano, el Mar Rojo, el Índico en Maldivas e incluso las aguas de Kenia.
Su obra trasciende la mera representación. Enmarcada en el realismo mágico, sus cuadros capturan la ingravidez del mundo submarino: pecios que parecen catedrales sumergidas, cuevas donde la luz se filtra como vidrieras góticas, y la soledad poética de las anclas olvidadas. No busca la copia exacta, sino la emoción. "No se trata de bajar y hacer una copia exacta, sino de hacer una interpretación expresionista de lo que estás viendo", confiesa. Luego de largos periplos y campañas acompañándolo con mis cámaras, un día me vi escribiendo para el catálogo de su exposición "Sabor a Sal".
"Tranquilidad espiritual y éxtasis que invade sensorialmente, es el mundo submarino y su profundo azul de inexplicable atracción. Representármelo en imágenes ha sido para mí algo coherente cuando traduje mi experiencia fotográfica exterior al medio submarino... Pero qué increíble sensación experimenté, cuando pude ver perplejo por primera vez, extrapolar al lienzo, la magia de las profundidades del mar desde sus entrañas con celeridad pasmosa, a golpe de espátula... Debajo del agua me parecía increíble, con la tez distraída, que sus manos se movieran con tanta destreza... casi proverbial, mientras registraba con armónico ritmo y amalgamas de mezclas multicolores de óleo, la fantasmagórica silueta de un viejo pecio escorado en el lecho marino a considerable profundidad... o irradiar, casi viva, una sinuosa acrópora contrastada en un mar de verdes azulados y añiles espatulazos sobre el lienzo, pintando sobre un arenazo, coronado de un biodiverso arrecife coralino con escudriñadores pececillos empeñados infructuosamente en distraer al pintor.
Alfonso Cruz es un artista especial, pero muy especial... Solo un inmersionista muy seguro de sí mismo puede ser capaz de lograr un nivel de concentración para “sumergirse” de manera tan singular en su lienzo imprimado y traducir con su impresionismo, de manera tan fantástica, la paradisiaca y armónica belleza del paisaje marino, haciendo derroche de oficio.
El privilegio de fotografiarlo muchas veces, en plena faena, casi indiferente a mi presencia o a la de mis luces y equipos, que aun atesoran alguna que otra huella de sus óleos, en mi empeño de lograr primeros planos de sus cuadros bajo el agua y no dejar de abarcar el motivo de su inspiración, me han acercado al estilo de su particular impronta, un sentido magistral de matices que dan profundidad y contrastes de espectacular belleza tachonados de trazos que evidencian la dinámica de la vida marina o de organismos sésiles reflejados con magistrales texturas.
Cuando recorro las galerías con sus piezas, tengo la fugaz sensación de estar nuevamente en el fondo marino y percibir la paz de sus obras junto al azul encanto que solo puede transmitir ese medio, eso mismo sentirá usted con “Sabor a Sal”."
Más de tres décadas de pintura bajo el agua
La prominencia de Alfonso Cruz no es casualidad. Es el único pintor subacuático de España y, probablemente, el más prolífico del mundo, con más de 1000 obras creadas bajo el mar. Sus piezas cuelgan en museos y colecciones privadas de Europa, América y Asia, siendo reconocido por instituciones como el Museo Marítimo de Barcelona, que dedicó una exposición a su obra junto a la de los pioneros Ransonnet, Pritchard y Laban.
Alfonso Cruz ha llevado la pintura submarina a la cima de la excelencia artística, transformando una hazaña técnica en una profunda declaración poética. Desde su estudio en Terrassa, cerca de Barcelona, hasta el abismo del Triángulo de las Bermudas, Cruz sigue demostrando que el arte, como el mar, no tiene límites.




