La muerte de David Hockney ha activado el ritual habitual de los grandes nombres del arte: las piscinas californianas, los retratos, los récords de subasta, el color luminoso y la imagen del artista británico que nunca dejó de trabajar. Sin embargo, reducir su legado a una sucesión de obras célebres sería perder lo más importante. Hockney nos enseñó algo mucho más difícil que reconocer un cuadro: nos enseñó a mirar.
