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Performance en ACCIÓN
23July

Performance en ACCIÓN

Desde este mes de julio y hasta febrero de 2021 se presenta en el Museu d'Art Contemporani de Barcelona “ACCIÓN. Una historia provisional de los 90”. La muestra, comisariada por Ferran Barenblit como director y Aída Roger en las veces de curadora adjunta, fija su atención en la escena de la performance en España a lo largo de esa década.

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Un período de grandes cambios en lo social y lo político en el que, tras certificarse el fin del bloque comunista en Europa, irrumpió el nuevo mundo globalizado, cuyas lógicas siguen prevaleciendo. El campo de la cultura se caracterizó por una creciente institucionalización, como demuestran la inauguración en esos años de un buen número de museos y centros de arte, la consolidación del mercado y la internacionalización, visible en los grandes acontecimientos artísticos que surgían por doquier. En paralelo a esa estructura dominante emergió otra escena, mucho más precaria y frágil, que puso el acento en las relaciones personales y en vínculos emocionales. Empezó a fraguarse en algunas facultades de bellas artes como las de Barcelona, Valencia, Cuenca y Madrid, Valencia y Cuenca y en espacios autogestionados de todo tipo, y tomó todo su impulso en festivales y encuentros de diferente duración y formato. Se empeñó en escribir su propia historia en tiempo real, tanto en publicaciones como en exposiciones. Si hubo un denominador común en todos los trabajos que se generaron fue el de la sencillez: de hecho, casi todo lo que ha pervivido son rastros documentales que nos permiten reconstruir de forma fragmentaria unas acciones de vocación efímera. Algunas de ellas las puede rehacer cualquiera, como si siguiera un libro de instrucciones. Más allá de definir un espacio propio, la acción impregnó toda una forma de hacer, en la que los trabajos artísticos no solo expresan sino que también hacen.

Los años de la Transición habían abogado por una instauración de la democracia que priorizaba la necesidad sobre la razón y que privilegiaba el futuro antes que el análisis del pasado reciente. Esa desmemoria implicó también el arrinconamiento de algunas de las prácticas conceptuales ya experimentadas en los años sesenta y setenta para dar paso a otras más convencionales en lo formal y que, en su celebración de la apariencia, miraban de forma menos crítica la compleja realidad de la época. Sin embargo, a partir de mediados de los ochenta emergió en todo el país una generación que retomó las prácticas conceptuales y el espíritu de Fluxus de artistas como Àngels Ribé, Benet Rossell, Carles Hac Mor, Jordi Benito, Carles Santos, Isidoro Valcárcel Medina, Juan Hidalgo, Esther Ferrer y Nacho Criado al priorizar procesos sobre resultado y al expandir la práctica artística a territorios que no se habían explorado previamente.

La propia definición de acción y los límites del arte fueron su principal tema de reflexión. Gran parte de las piezas planteaban cuestiones a la práctica de la performance como forma de abordar temas más complejos, entre los que destacaba la resistencia a las lógicas de productividad y utilidad tan propias de unos años en los que el capitalismo avanzaba triunfal. La crítica institucional, en un momento en el que el sistema del arte se consolidaba, puso en tela de juicio los mecanismos de validación y muchas de las normas asumidas en la práctica profesional del arte. El recurso a las nociones de azar y lo lúdico sirvió para contrarrestar todo aquello que aparecía planificado y meditado, para dar lugar a la experiencia y la subjetividad. Las jerarquías y roles de cada uno de los agentes involucrados en esta escena se disolvían de forma decidida. La mayoría eran, según el momento, artista, fotógrafo, productor, técnico o, simplemente, público. Así, se reservaba un lugar privilegiado para el espectador como activador simbólico y efectivo de las obras. Otros temas que atravesaban la sociedad de los noventa también emergieron en muchas acciones, como el sida —que por entonces ya presentaba cifras pandémicas—, las cuestiones de género o la insumisión al servicio militar obligatorio. 

La escena de la acción dialogó a su vez con otras con las que compartía muchas inquietudes, ideas y espacios. Las experiencias parateatrales, visibles a través del trabajo precursor de Albert Vidal o de colectivos como La Fura dels Baus, fueron una referencia transgresora que repensó el lugar del público. La poesía, como demuestra la trayectoria del dúo Accidents Polipoètics, expandió el territorio de la palabra hacia la acción, la experimentación sonora y la participación del público. De un modo similar, la música de acción y la experimental acompañaron a toda esta generación, recogiendo muchas veces el espíritu de John Cage tanto en su desafío a la noción de virtuosismo como en su búsqueda del silencio.