Mientras las selecciones compiten en Canadá, México y Estados Unidos, el Mundial 2026 también se juega lejos del césped. Fotografías, camisetas, trofeos, carteles, películas y dispositivos tecnológicos han entrado en museos y centros culturales para contar una historia del fútbol que no depende de los resultados.
El fenómeno no es una simple extensión turística de la Copa del Mundo. Cada Mundial produce una enorme cantidad de cultura visual: diseña símbolos reconocibles, transforma prendas deportivas en objetos de memoria y deja imágenes que terminan definiendo una época. En 2026, ese patrimonio puede recorrerse en exposiciones de Nueva York, Ciudad de México, Miami, Vancouver, Madrid y Zúrich.
El interés para el mundo del arte resulta evidente. Una camiseta puede analizarse como diseño textil e identidad gráfica; un trofeo es también una escultura; el cartel de un campeonato pertenece a la historia del diseño, y una fotografía deportiva puede adquirir tanta fuerza documental y estética como cualquier imagen concebida inicialmente para una galería.
¿Qué exposiciones del Mundial 2026 se pueden visitar?
Uno de los proyectos más ambiciosos se encuentra en el Rockefeller Center de Nueva York. Allí, el FIFA Museum presenta hasta el 19 de julio Legacies of Champions, una exposición gratuita que recorre la historia de las Copas del Mundo desde Uruguay 1930 mediante objetos originales, instalaciones audiovisuales y recuerdos de las selecciones campeonas.
Entre sus piezas más llamativas aparece una instalación formada por las camisetas de los 48 equipos participantes en el Mundial 2026. Ordenadas como un gran mosaico de colores, las prendas permiten observar hasta qué punto el fútbol ha desarrollado un lenguaje gráfico propio. Escudos, tipografías y combinaciones cromáticas hacen reconocible a un país incluso antes de leer su nombre.
La muestra también presenta una pieza histórica vinculada al Trofeo Jules Rimet, entregado a los campeones entre 1930 y 1970, junto con su base azul original. La exhibición se completa con The Final, una instalación cinematográfica dedicada a la emoción de las grandes finales, y el denominado Muro de los Campeones, donde aparecen los nombres de quienes han levantado la copa.
El recorrido demuestra que los museos de fútbol han dejado de ser almacenes de trofeos para adoptar recursos propios de la museografía contemporánea. La iluminación, el sonido y la imagen en movimiento se utilizan para reconstruir una experiencia colectiva que originalmente tuvo lugar ante miles de espectadores.
En Miami, Unidad – The World’s Game ocupa dos plantas de la histórica Freedom Tower y alrededor de 700 metros cuadrados. La exposición reúne objetos, instalaciones inmersivas y estaciones interactivas para narrar tanto la historia mundial del fútbol como su desarrollo en Estados Unidos.
Uno de sus grandes atractivos es el Rainbow of Shirts, una instalación que reúne camisetas de las 211 asociaciones integradas en la FIFA. Al contemplarlas juntas, la indumentaria deja de parecer un elemento secundario del juego y se convierte en una cartografía visual del planeta. Cada prenda contiene colores nacionales, símbolos históricos y decisiones de diseño que resumen una identidad.
Vancouver ofrece una mirada diferente. Soccer & Technology from the FIFA Museum, abierta en Science World hasta el 7 de septiembre, explora la ciencia que se esconde detrás del Mundial. Cámaras de alta velocidad, sensores, sistemas de arbitraje y herramientas para recopilar millones de datos por partido forman parte de un recorrido que muestra cómo la innovación ha cambiado la forma de jugar y mirar el fútbol.
La exposición permite examinar de cerca el balón oficial del Mundial 2026 y la tecnología conectada que incorpora en su interior. También presenta una cámara utilizada en el Mundial de 1954, el monitor empleado por los árbitros para revisar jugadas y objetos relacionados con la historia de la selección canadiense.
¿Por qué una camiseta, un trofeo o una fotografía pueden ser arte?
La pregunta no implica que todo objeto deportivo deba ser considerado automáticamente una obra artística. Su interés aparece cuando el diseño, la historia y la memoria transforman su función original. Una camiseta creada para disputar un partido puede terminar representando una victoria, una generación o incluso la imagen completa de un país.
El Trofeo de la Copa Mundial ofrece un ejemplo especialmente claro. Fue diseñado por el escultor italiano Silvio Gazzaniga y presentado en 1974, después de que Brasil obtuviera definitivamente el Jules Rimet. Su composición representa dos figuras humanas elevando el planeta, una imagen concebida para expresar movimiento, esfuerzo y celebración.
El objeto más codiciado del fútbol internacional nació, por tanto, de un proceso escultórico. Su tamaño, sus proporciones, el tratamiento de la figura humana y el empleo del oro responden a decisiones formales semejantes a las que intervienen en cualquier pieza artística. El trofeo no solo premia al campeón: construye visualmente la idea de la victoria.
En Ciudad de México, el Museo Jumex lleva esta relación a un terreno explícitamente contemporáneo con Fútbol y Arte: Esa misma emoción, abierta hasta el 26 de julio y comisariada por Guillermo Santamarina. La exposición estudia cómo el juego aparece en la fotografía, la instalación, el vídeo y otras prácticas artísticas, pero también en la arquitectura y los objetos.
El fútbol interesa a los creadores porque ofrece formas reconocibles y una poderosa dimensión escénica. La geometría del campo, el movimiento de los cuerpos, los uniformes y las gradas producen ritmos y composiciones que pueden trasladarse a una obra. Un partido, además, se desarrolla en un espacio delimitado, ante espectadores y durante un tiempo concreto, como sucede en muchas formas de representación artística.
La fotografía ocupa un lugar esencial en esta relación. Una imagen tomada una fracción de segundo antes de un gol puede mostrar tensión y expectativa; tomada después, puede convertirse en el retrato de una celebración histórica. El fotógrafo no controla el desenlace, pero sí el encuadre, la luz y el instante que terminará formando parte de la memoria colectiva.
¿Dónde se conserva la historia artística de los Mundiales?
Madrid recupera uno de los episodios más singulares de esa cultura visual con México 86. El mundo unido por un balón. La Fundación Casa de México en España presenta hasta el 20 de septiembre trece fotografías de Annie Leibovitz realizadas para la campaña cultural del Mundial celebrado en México en 1986.
El comité organizador encargó a la fotógrafa una serie que relacionara el fútbol con el patrimonio histórico mexicano. Leibovitz recorrió durante seis meses lugares como Chichén Itzá, Teotihuacán y Tula, donde combinó la figura del jugador y el balón con la monumentalidad de los espacios arqueológicos.
Una de aquellas imágenes, realizada ante los Atlantes de Tula, se convirtió en el cartel oficial de México 86. Fue la primera vez que el póster de una Copa del Mundo se construyó a partir de una fotografía en lugar de una pintura o ilustración. La decisión cambió la forma de comunicar el campeonato y presentó a México no solo como anfitrión deportivo, sino como heredero de una historia cultural mucho más antigua.
¿Por qué son importantes los carteles de los Mundiales? Porque condensan la imagen con la que un país desea presentarse ante millones de espectadores. Con el paso del tiempo dejan de ser soportes publicitarios y se convierten en documentos capaces de explicar el diseño, la moda y las aspiraciones culturales de una época.
La historia general de la competición se conserva principalmente en el FIFA Museum de Zúrich, que dispone de más de 3.000 metros cuadrados repartidos en tres plantas. Su Galería de la Copa Mundial reúne objetos relacionados con distintas ediciones, archivos audiovisuales y piezas que permiten reconstruir cómo ha evolucionado el torneo desde 1930.
Durante el Mundial 2026, el museo ha reforzado su programación con World Cup Fever, una propuesta que combina exposición, actividades y proyecciones de partidos. El trofeo original ha abandonado temporalmente su vitrina para realizar la gira oficial, una ausencia que también revela la condición particular de este objeto: es a la vez una escultura protegida, un símbolo itinerante y el centro ceremonial de la competición.
El Mundial 2026 y los museos de fútbol están mostrando que el patrimonio deportivo no se compone únicamente de resultados y estadísticas. También lo forman los diseñadores que crean una camiseta, los escultores que imaginan un trofeo, los fotógrafos que fijan un instante y los museógrafos que encuentran una forma de volver a contar la emoción.
Mientras los estadios deciden quién gana la próxima Copa del Mundo, los museos ya trabajan en otra pregunta: qué objetos, fotografías y símbolos explicarán dentro de varias décadas cómo fue este Mundial. Esa selección será, en buena medida, la imagen con la que el año 2026 permanecerá en la memoria artística.




