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La bailaora errante
29April

La bailaora errante

Con motivo del Día Internacional de la Danza, recordamos esta entrevista durante el XXVI Festival de Ballet de La Habana a la bailaora María Juncal - Premio Excelencias-, que se publicó en la edición 44 de Arte por Excelencias

María Juncal, la joven y guapa bailaora de rancia estirpe en el flamenco, llega nuevamente al archipiélago cubano para mostrar su Suite flamenca durante la edición 26 del Festival Internacional de Ballet de La Habana Alicia Alonso.

Como bailarina errante desembarcaen la capital cubana después de consumar exitosamente una extensa gira. En enero próximo bailará en el Kennedy Center de la capital estadounidense acompañada por la Orquesta Sinfónica de Washington DC.

En el festival habanero pudimos vibrar con los elementos latentes del flamenco en el espectáculo propuesto en dos funciones: Suite flamenca, donde la improvisación adquiere gran protagonismo en la entrega artística de la dupla formada por la Juncal y el notable bailaor Alfonso Losa, con el acompañamiento de dos cantaores: Juan Triviño y José Díaz (Cachito) y la deslumbrante guitarra de Carrizo (Gerardo Amezquita). Se trata de un espectáculo integral que no abandona la tradición del cante, el toque y el baile, con la inherente complejidad rítmica de los palos seleccionados: seguirilla, taranta, alegrías, los zapateados en la farruca, los movimientos de brazos en la soleá, o la música de los fandangos.

¿Cuál es tu postura con respecto a lo que ahora llaman «flamenco estilizado» o «nuevo flamenco»?

El flamenco es uno. No existe una diversidad de flamencos, con las etiquetas que les colocan los medios o la publicidad. Prefiero atenerme a lo que estoy interpretando. Si salgo al escenario a bailar por soleá, o una alegría, no tengo la inquietud artística de innovar por innovar. En el flamenco, lo que estos palos expresan es inmenso per se, y ambos son dos mundos. La innovación debe estar bien justificada y, por ende, el flamenco nunca envejecerá.

¿Cómo y cuándo te convertiste en María Juncal?

Fue El Guito quien me dio el nombre artístico de Juncal, porque todo el mundo del gremio me llamaba La Canaria, y él, cuando fue a dar los nombres de los miembros de su elenco para el cartel publicitario, no sabía mi apellido y me rebautizó como Juncal, un vocablo caló que es muy bonito. Tanto con el Juncal como con Borrull me ha ido muy bien en mi vida.

Al llegar a la Academia de la calle Amor de Dios, descubriste el flamenco. ¿Qué vino después?

Terminada la gira, decidí independizarme y seguir mis propios caminos, siempre con mis maestros. En esta nueva ruta alcancé el Premio Antonio Gades, que tuvo mucha repercusión en los medios de comunicación.

Cuéntanos de tus presentaciones habaneras y sus resonancias.

Vine a estas benditas tierras caribeñas por primera vez en el 2005, cuando el bailarín y coreógrafo Eduardo Veitía, director del Ballet Español de Cuba, me invitó a bailar su versión de Carmen de Merimée. Lo ensayé solamente dos o tres días, y lo interpreté una sola noche en el escenario de la Sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana.
Retorno en el 2006, cuando Alonso me invita a su Festival de Ballet para presentarme en la Gala de Clausura. Posteriormente me conceden la distinción al mejor espectáculo del año. En mi país tuvo una gran resonancia; estaba trabajando en mi estudio en España cuando me llaman por teléfono para darme la noticia: no lo podía creer. Lo recuerdo como una de las cosas más preciosas que me han pasado en mi carrera. Alicia Alonso se me acercó en el vestíbulo del habanero Hotel Presidente, y en medio de un abrazo entrañable me comentó: «No he podido verla bien bailar, pero sí escuché al público ovacionarla, y la felicito».

Me sorprendió el esfuerzo titánico que realiza la maestra Karelia Cadavid —a quien el Estado español le otorgó recientemente la Orden de Isabel la Católica al Mérito de Cruz— con su escuela en Centro Habana. Fui a una clase y me le acerqué: ¿es acaso usted la que sostiene este proyecto aquí? Fue así que admiré por primera vez lo que logra con las niñas matriculadas. Luego volví a su estudio, y las chicas me estaban esperando para mostrarme cuatro o cinco bailes. No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Entonces no estaba consciente del suceso, de los esfuerzos que deben desplegar para lograr aquello. Comprendí que debía colaborar para que estas chicas tuvieran lo necesario: faldas, zapatos, castañuelas, peinetas… Desde ese momento quedé comprometida para siempre con este proyecto. Vengo a La Habana y les imparto clases de manera puntual. Cuando no estoy, las más adelantadas me remplazan para ocuparse de los cursos de niveles inferiores.

Me siento privilegiada de estar en sus vidas, más allá del estudio. De alguna manera devuelvo a la vida cosas del corazón. La vida me ha recompensado mucho, porque me ha regalado esta carrera de danza, con público a teatro lleno que me aplaude en pie, y me digo sin falsa modestia: Dios mío, quién me lo iba a decir.