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El arte también se aprende jugando: cómo acercarlo a los niños en vacaciones
02July

El arte también se aprende jugando: cómo acercarlo a los niños en vacaciones

Es posible que un niño olvide el nombre de la iglesia que visitó durante las vacaciones, pero recuerde durante años el cuenco irregular que modeló en el taller de un alfarero. Recordará el barro frío entre los dedos, la dificultad de mantener la pieza en pie, la paciencia necesaria para corregir una grieta y el momento en que alguien le dijo que aquello que había hecho podía llevárselo a casa.

La diferencia no está en que una experiencia sea más culta que la otra. Está en la forma de participar. Durante la visita a un monumento, el niño puede convertirse en un espectador obligado a escuchar nombres, estilos y fechas que todavía no significan demasiado para él. Frente a una porción de arcilla, en cambio, toca, prueba, se equivoca, vuelve a empezar y toma decisiones. Sin saberlo, se enfrenta a algunos de los mismos problemas que han acompañado a los artistas y artesanos durante siglos: cómo dar forma a una idea, cómo trabajar con un material y qué hacer cuando el resultado no se parece a lo que había imaginado.

Cada verano, muchas familias buscan qué hacer con los niños durante unas semanas en las que desaparecen los horarios escolares, pero no siempre resulta fácil encontrar propuestas que entretengan sin convertir las vacaciones en una sucesión de actividades programadas. Acercar el arte a los niños no exige llenar la agenda de talleres ni transformar a los padres en profesores improvisados. Puede comenzar con una visita al pueblo de los abuelos, una tarde en una alfarería, una conversación delante de una fachada o un paseo en el que el adulto se resista a explicar todo demasiado pronto.

El objetivo no es que el niño regrese a casa sabiendo distinguir el Renacimiento del Barroco. Es que empiece a comprender que el mundo ha sido diseñado, construido, pintado, tejido y modelado por otras personas, y que él también puede observarlo, interpretarlo y transformarlo.

Antes de memorizar nombres, los niños necesitan crear

Los niños aprenden jugando porque el juego les permite explorar sin miedo a que un error tenga consecuencias definitivas. El informe Aprendizaje a través del juego, elaborado con el apoyo de UNICEF y la Fundación LEGO, describe el juego como una experiencia significativa, activa, social, entretenida y abierta a la repetición. El aprendizaje no desaparece porque un niño se esté divirtiendo; con frecuencia, la diversión es lo que mantiene despierta su curiosidad y le permite insistir cuando algo no sale bien.

Esa idea resulta especialmente importante cuando se habla de educación artística. Una actividad creativa pierde buena parte de su sentido cuando el adulto ha decidido previamente cómo debe ser el resultado, qué colores se pueden utilizar y dónde tiene que colocarse cada elemento. Si todos los jarrones de un taller infantil terminan siendo idénticos al modelo del monitor, probablemente los niños han aprendido a seguir instrucciones, pero han tenido pocas oportunidades de crear.

La National Association for the Education of Young Children diferencia entre las actividades centradas en obtener un producto predeterminado y las experiencias artísticas enfocadas en el proceso. En estas últimas no existe una única respuesta correcta ni una pieza que todos deban imitar. El niño puede investigar los materiales, elegir herramientas, cambiar de idea y descubrir soluciones propias.

Trabajar de esta manera favorece la expresión, la concentración, la resolución de pequeños problemas y el desarrollo de la motricidad fina. No porque cada momento de ocio deba justificarse mediante un beneficio académico, sino porque las manos y la mente trabajan juntas cuando el niño intenta convertir una idea en algo visible.

«Un niño no empieza a entender el arte cuando memoriza el nombre de un pintor, sino cuando descubre que sus manos también pueden crear algo valioso».

El barro permite experimentar esa relación de una manera especialmente directa. Antes de transformarse en una taza, un animal o un pequeño jarrón, es una materia que se resiste. Puede estar demasiado seca, adherirse a los dedos, abrirse, hundirse o perder la forma. El niño aprende que crear no consiste siempre en ejecutar perfectamente una idea, sino en observar el material, adaptarse y aceptar que el resultado puede cambiar durante el proceso.

También descubre que los objetos cotidianos tienen una historia. Una jarra no apareció simplemente sobre la mesa: alguien escogió la arcilla, la amasó, levantó sus paredes, añadió un asa, la dejó secar y la coció. Entrar en el taller de un alfarero permite comprender que el arte no vive únicamente en los grandes museos. También permanece en los oficios, en los utensilios domésticos, en las técnicas transmitidas entre generaciones y en las manos de quienes llevan décadas aprendiendo a trabajar un material.

El adulto puede acompañar sin apropiarse de la experiencia. Puede intervenir cuando una herramienta resulte peligrosa o cuando el niño pida ayuda, pero no necesita corregir la asimetría de un cuenco ni transformar una figura inesperada en otra más reconocible. NAEYC recomienda que los adultos apoyen las actividades artísticas sin asumir el control, dejando que sea el niño quien tome las principales decisiones sobre su obra.

Esta manera de aprender prolonga la idea defendida en “Ni dibujar ni crear es perder el tiempo: el arte vuelve al centro de la educación”. La educación artística no debería medirse únicamente por el número de datos que un niño recuerda, sino por su capacidad para observar, imaginar, probar, expresar y dar forma a algo que antes no existía.

Un pueblo puede convertirse en el primer museo del verano

Para enseñar a mirar no hace falta comenzar delante de una obra célebre. Un pueblo ofrece un archivo visual que suele pasar inadvertido precisamente porque forma parte de la vida cotidiana. Hay colores en las fachadas, letras pintadas a mano en los comercios, rejas trabajadas por herreros, fuentes, azulejos, carteles antiguos, esculturas religiosas, tejidos, cestas, muebles y utensilios cuyo diseño responde a una manera concreta de vivir.

La visita cambia cuando el adulto deja de comportarse como un guía que examina y comienza a compartir la curiosidad. En lugar de preguntar quién construyó una iglesia o en qué siglo se levantó, puede interesarse por la puerta más extraña de la plaza, por el animal escondido en una fachada o por la razón de que unas casas estén encaladas y otras utilicen piedra. Las fechas y los nombres pueden llegar después, cuando ya existe una pregunta que los hace necesarios.

Esta forma de observar no exige organizar una actividad formal. Basta con detenerse. Un niño puede elegir la ventana que más le gusta, fotografiar un detalle que los demás no habían visto o dibujar el perfil de una fuente mientras descansa. También puede entrar en una tienda de artesanía y comprobar cómo cambia una misma forma cuando se realiza con madera, barro, vidrio, fibras vegetales o metal.

El Marco de la UNESCO para la Educación Cultural y Artística, adoptado en 2024 y acompañado posteriormente por una guía de implementación, propone integrar la cultura y las artes en la educación formal, no formal e informal. La mirada artística no pertenece únicamente al aula: también puede desarrollarse mediante el patrimonio, los oficios, la arquitectura, las tradiciones vivas y los espacios cotidianos.

Un mercado puede convertirse en una conversación sobre color; una plaza, en una forma de descubrir las proporciones; y una casa antigua, en la oportunidad de preguntarse por qué las personas construían de una determinada manera. Como explicamos al analizar el poder emocional del color en las obras de arte, los tonos no se perciben de manera aislada: cambian con la luz, con los materiales, con el espacio y con los recuerdos que asociamos a ellos.

La cámara del teléfono también puede utilizarse con otra intención. En lugar de pedir al niño que pose delante de cada monumento, se le puede invitar a encontrar una textura, una sombra o una forma que merezca conservarse. El móvil deja entonces de ser únicamente la prueba de que la familia estuvo allí y se convierte en una herramienta para seleccionar y observar, una diferencia que abordamos en “Fotografiamos cada obra, pero ¿la miramos de verdad?”.

Lo mismo sucede en los museos. Una visita con niños no necesita atravesar todas las salas ni justificar el precio de la entrada mediante el agotamiento. Cuatro obras observadas con curiosidad pueden dejar una huella mayor que cuarenta vistas deprisa. Elegir el retrato que parece esconder una historia, buscar el paisaje al que les gustaría viajar o imaginar qué sonido produciría una pintura son formas de mirar que no rebajan el contenido artístico, sino que lo hacen accesible.

Aprender a mirar implica descubrir relaciones, diferencias y detalles que antes habían pasado inadvertidos. Esa curiosidad también está en el centro de la gran lección de David Hockney sobre la mirada en la era de las pantallas. Reconocer lo que aparece en una imagen es solo el principio; observar de verdad exige tiempo, preguntas y la disposición a encontrar algo que todavía no sabíamos que estábamos buscando.

Lo que se llevan a casa no es solamente un jarrón

Cuando un niño termina una pieza de barro suele mirarla de una manera distinta a la de un adulto. Puede saber que está torcida, que el borde no es uniforme o que el dibujo se desvió, pero también conoce cuánto trabajo contiene. Recuerda la forma inicial, los intentos fallidos y las decisiones que tomó para llegar hasta allí. El objeto no vale porque sea perfecto, sino porque demuestra que fue capaz de hacerlo.

Es todo un orgullo. Crear algo propio permite que el niño se reconozca como autor y no solamente como consumidor de imágenes y objetos producidos por otros. Ha elegido una forma, ha resuelto dificultades y ha dejado una huella personal sobre un material. Cuando lleva la pieza a casa y decide dónde colocarla, también participa en la construcción de su pequeño patrimonio.

Con los años, aquel jarrón puede perder utilidad, romperse o terminar guardado en una caja. Sin embargo, la experiencia asociada a él puede reaparecer cuando el niño, ya adulto, entre en un museo, contemple una vasija antigua o vuelva a observar a un artesano trabajando. Comprenderá que detrás de cada objeto existe un proceso, una técnica y una persona que tuvo que tomar decisiones parecidas a las que él tomó durante aquella tarde de verano.

La Convención sobre los Derechos del Niño reconoce expresamente el derecho de la infancia al descanso, al juego y a participar en la vida cultural. La formulación resulta especialmente importante porque no habla únicamente de recibir cultura, sino de formar parte de ella.

"Participar libremente en la vida cultural y en las artes".Convención sobre los Derechos del Niño, artículo 31

Acercar el arte a los niños durante las vacaciones no exige convertir cada paseo en una lección ni formular preguntas constantemente. Requiere algo más sencillo y, en ocasiones, más difícil: ofrecer tiempo, materiales, atención y libertad suficiente para que una curiosidad pueda transformarse en una experiencia.

Puede ocurrir en un museo, pero también en una calle, una playa, una plaza o un taller de alfarería. Puede comenzar con una obra de Leonardo da Vinci o con un trozo de barro entregado por un artesano del pueblo. Lo decisivo no es el prestigio del lugar, sino que el niño tenga la oportunidad de mirar, tocar, elegir, equivocarse y crear.

Tal vez no recuerde todas las explicaciones que recibió durante aquel verano. Pero si conserva un cuenco imperfecto en una estantería y todavía sabe contar quién le enseñó a levantarlo con las manos, habrá aprendido algo esencial sobre el arte: que las cosas que nos emocionan no aparecen solas y que él también puede participar en su creación.